“Vendrán muchos del Oriente y del Occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mateo 8:11).
Jesús nunca permitió que lo identificaran con el complejo de exclusividad religiosa que demostraban los judíos, y siempre presentó este asunto en su correcta perspectiva. Si miramos su ministerio, veremos que habló de la salvación con los samaritanos, que atendió la necesidad de una mujer fenicia, que respondió al pedido de ayuda de un soldado romano, y que, incluso en su propio juicio, intentó ayudar al gobernador romano Pilato. Jesús nunca tuvo reparos en reconocer a un hombre o una mujer de fe cualquiera fuera su procedencia. Alabó a la mujer fenicia por la grandeza de su fe; y no solo reconoció la fe del centurión, sino también dijo que no había en todo Israel una fe que se le pudiera comparar. Estos momentos retratan a nuestro Dios en una forma que nos ayuda a entender que él no tiene hijos favoritos. Si Dios escoge a una persona, a una nación o a una iglesia, lo hace simplemente para darles una misión específica para cumplir en un tiempo determinado, y nunca para dar a entender que los tales tienen ventajas a la hora de conseguir un asiento en la Cena del Cordero. El mismo Jesús expresó: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos” (Mat. 28:19, DHH).
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Adultos 2024
«ASÍ ES DIOS» Aprendiendo a conocer a Dios
Por: Pr Roberto Herrera
Colaboradores: Alexander Mora y Silvia García

