“¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adonde de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, tu allí estás”. Salmos 139:7, 8
Hace algunos años, di un ciclo de evangelismo en el hotel Holiday Inn de Brockton, Massachusetts. Una noche, luego de predicar sobre como descubrir la verdad bíblica, hice un llamado a quienes desearan aceptar a Jesús, seguir la verdad y prepararse para el bautismo. Una mujer de alrededor de treinta años respondió.
Era esta su primera noche en nuestras reuniones, pero ya conocía la iglesia. En Canadá, donde residía, había tomado ya algunos estudios bíblicos con un pastor adventista, había aceptado a Jesús y hasta había empezado a asistir al culto en una iglesia cercana. Disgustado por esto y deseoso de distraerla de su propósito, su esposo le había sugerido tomarse unas breves vacaciones para asistir a la boda de su hermano en Brockton, Massachusetts.
Cuando cerca de Brockton intentaron encontrar habitación en algún hotel, sólo hallaron una disponible en el Holiday Inn, donde “coincidencialmente” celebrábamos nuestras reuniones.
—¡No podemos escaparnos! —exclamó el esposo—. ¡Otra vez caímos en este asunto de la Biblia!
Uno no puente escaparse de Dios. El teólogo ingles C. S. Lewis acuñó la expresión ‘perro de caza del cielo”, para describir con ella el amor inevitable de Dios. Como el perro de caza en plena cacería, Dios no cede en su búsqueda de nosotros. El salmista así lo reconoce, al decir: ¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adonde huiré de tu presencia? Si subiere los cielos, allí estás tú: y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra”. (Sal. 139: 7-10).
La historia de la Biblia trata, más que de nuestra búsqueda de Dios, de su propia búsqueda de nosotros. Cuando Adán y Eva pecaron en el Edén, Dios los buscó allí, y con tono amoroso les preguntó dónde estaban (Gen. 3:9).
Cuando, disgustado y desalentando, Elías se escondió en una cueva, Dios lo siguió también para preguntarle:
“¿Qué haces aquí, Elías?” (1 Rey. 19:9).
Después de negar a Jesús, Pedro quería huir, escaparse de todo y de todos. Por eso, se fue a Galilea a pescar, pero Jesús lo siguió y le preguntó: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?”. (Juan 21:15).
¡Qué Dios maravillosamente insistente! No nos dejará así no más. Cuando huimos de él, él corre hacia nosotros. Alabémosles hoy por su obstinado amor.
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Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
