VERSÍCULO PARA MEMORIZAR
¡Deberás este hombre era Hijo de Dios! (Mateo 27: 54)
MENSAJE
Así como Jesús, podemos compartir el amor de Dios con cualquier persona y de cualquier lugar.
REFERENCIAS
Mateo; Lucas 23:26-49; El Deseado de todas las gentes; cap.; 78, 79; Creencias fundamentales 10, 9, 4.

Los seguidores de Jesús no querían saber nada de los horrores del tribunal de Pilato. Jesús había sido azotado y los soldados se habían burlado de él y lo habían insultado. La gente hasta le había escupido en la cara. Y ahora moriría en la cruz.
Muchos de los que seguían a Jesús, incluyendo a los que él había sanado, no podían creer lo que estaba sucediendo. No obstante, era extraño que Jesús no se había defendido de sus acusadores.
El grupo finalmente llegó al monte Gólgota, llamado Lugar de la Calavera. Los sorprendidos seguidores vieron a una gran multitud que se había congregado en el monte. Muchos habían ido a verlo por última vez y estaban muy apenados. Pero también allí había gente que se burlaba de él.
Ya había en el lugar dos malhechores que estaban siendo atados a sus cruces. Uno de ellos luchaba enfurecido por librarse de los soldados romanos. Cuando quedó clavado a la cruz, comenzó a maldecir a los presentes. El otro prisionero permanecía tranquilo y lloraba. Permitió que los soldados lo ataran a la cruz sin ofrecer resistencia.
Los soldados romanos prepararon la cruz donde crucificarían a Jesús. Luego lo extendieron sobre ella con aspereza, lo que hizo que las espinas de la corona le hirieran la frente y la cabeza. La sangre corrió por su cara ya magullada. Sin embargo, Jesús no se resistió mientras esperaba que los soldados romanos concluyeran su obra.
Dos soldados se arrodillaron uno a cada lado de los brazos de Jesús. Tenían unos clavos gruesos con los que le atravesaron las manos con varios golpes dados con un martillo. Los soldados a continuación hicieron lo mismo con los pies de Jesús, que colocaron uno encima del otro. Pero él no lanzó ni el menor quejido. ¡Cómo le habrá dolido a Jesús, que había resucitado muertos, sanado y ayudado a la gente! Cuando el eco de los crueles martillazos se perdió en la ladera del monte, los presentes oyeron que Jesús decía:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Los seguidores de Jesús se emocionaron cuando escucharon sus palabras de perdón para sus verdugos.
Cuando los soldados levantaron la cruz para plantarla en su lugar, la gente vio la espalda lacerada y sangrante de Jesús. Aunque la áspera madera lastimaba su carne desgarrada, Jesús no se quejaba.
El ladrón que se había revelado maldecía a los soldados y gritaba malas palabras a la multitud. Estaba furioso. De pronto se volvió hacia Jesús.
-¡He oído hablar de ti! -le gritó-o Una vez oí que hablabas a la gente de un lugar llamado cielo. ¿Dónde está tu cielo ahora?
Los amigos de Jesús vieron que volteaba la cabeza lentamente hacia el ladrón, que abría los ojos con dificultad y lo miraba con piedad.
-Si tú eres el Mesías -siguió diciendo el malhechor con voz burlona-, ¿por qué no te salvas a ti mismo? Y de paso también podrías salvarnos a nosotros dos.
El otro ladrón, que se retorcía de dolor, lo reprendió: -¡Cállate! Nosotros merecemos la muerte porque hemos pecado. Pero este hombre es inocente. ¡No lo molestes!
Luego miró a Jesús y le dijo:
-Creo en ti, Jesús. No me olvides cuando establezcas tu reino.
Jesús hizo un doloroso esfuerzo para hablar, y dijo:
-De cierto te digo hoy, que estarás conmigo en mi reino.
Los presentes escucharon asombrados aquella conversación. Aunque se le dificultaba hablar, Jesús todavía ofrecía palabras de amante consuelo, a pesar de que él mismo agonizaba en la cruz.
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