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«Haz todo lo posible por presentarte delante de Dios como un hombre de valor comprobado, como un trabajador que no tiene de qué avergonzarse» (2 Timoteo 2: 15).
CUENTA UNA HISTORIA que un sirviente sufría mucho debido al mal carácter de su amo. Un día, el amo llegó a la casa con peor humor que de costumbre y se sentó a la mesa para comer. Cuando se llevó la cuchara a la boca, descubrió que la sopa estaba fría. ¡Aquello era el colmo de los colmos! El amo se encolerizó de tal manera que tomó el plato de sopa y lo arrojó por la ventana. Se le ocurrió entonces al sirviente echar también por la ventana el plato de carne que iba a servir a continuación. Después tomó el pan y lo arrojó por la misma ventana. Agarró la botella de vino y la lanzó también. Por último, retiró los manteles de la mesa y se acercó a la ventana…
—¡¿Qué haces?! —le gritó el amo, furioso y con intención de castigarlo.
—Perdóneme usted, señor, si no he comprendido bien sus intenciones —respondió el sirviente—. Creí que usted quería comer hoy en el patio, y que por eso había enviado la sopa primero.
El amo reconoció su falta, la corrigió y dio gracias a su ingenioso sirviente por la lección que acababa de enseñarle. Todavía no había aprendido a tener consideración hacia los demás y manifestarle aprecio.
A veces creemos que tenemos el derecho de patalear, de poner malas caras, de estar enojados, de responder mal a los demás, de mostrar nuestro enojo sin disfraces. Pero ¿sabes qué? Nadie tiene ese derecho. Al contrario: tenemos la responsabilidad de mostrar siempre nuestra mejor cara, nuestra mayor educación, nuestros mejores modales. Los demás no tienen la culpa de lo que nos pasa y no merecen sufrir las consecuencias de nuestro mal humor.
Ser educados y corteses es muestra de madurez y es una forma de vivir el cristianismo.
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Menores 2017
“SALTA”
Por: Patricia Navarro de Márquez.
