DURA

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La lucha llegó a los pasillos del palacio. Espada contra espada, daga contra daga,
los combatientes lucharon por dominar. El rey mismo participó de la batalla.
Escuchando los gritos a su alrededor, se preguntaba quién realmente había
luchado por el reino y quién había traicionado su lealtad.
Por fin, derrotados, los invasores dejaron el palacio. Tras ellos, el rey, devastado
se preguntaba por dónde empezar la reconstrucción. ¿En quién podría confiar?
Temía que algunos de sus propios asesores hubiesen compartido los secretos de
como lograr entrar en esa fortaleza.
Rememorando un viejo sueño, el rey ordenó que construyeran una magní-
fica estatua. La creación de madera se elevaba a una altura de noventa metros,
y estaba cubierta de una fina capa de oro. Sus servidores la colocaron en un
campo abierto enorme, y el rey exigió a todos sus funcionarios que asistieran a
su inauguración.
Ananías, Misael y Azarías fueron algunos de los que fueron obligados a asistir.
Cuando el rey dio instrucciones de inclinarse ante su imagen, los tres amigos
no tuvieron ninguna duda de a quién servirian. Si bien ellos eran leales a su rey,
aquella radiante escultura no era nada comparada con el Dios de los cielos. Aun
cuando fueron amenazados con morir en el horno de fuego, los tres hombres se
mantuvieron fieles.
En el horno y fuera de él, el Hijo de Dios está con sus siervos, ayer, hoy y mañana.
Los historiadores nos dicen que en el décimo año del reinado de Nabucodo—
nosor, el luchó con algunos de su ejército. No está claro si la prueba del ídolo
y el castigo del horno de fuego fue una prueba de lealtad después de aquella
rebelión.

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Tomado de: Matinal para Adolescentes 2016
“Intensamente, Ejercita tu Cerebro”
Compilado por Penny Estes Wheeler

 

 

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