miércoles , 22 abril 2026
Matinal Para Damas 2014

Dios de lo imposible

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“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos […] a él sea la gloria […] por los siglos de los siglos. Amén”. Efesios 3: 20,21

27Trabajaba en el Colegio Adventista de Puerto Quijarro, en la frontera boliviana con Brasil; lugar cálido, lluvioso y pintoresco, con aroma a selva verde. Como personal docente estábamos reunidos en el patio del colegio, compartiendo un refrigerio. Cuando llegó la hora de irnos, mi hija de seis años fue feliz a buscar su mochila para ir a casa, pues se acercaban las vacaciones.

De repente, vi que un auto ingresaba al patio del colegio a gran velocidad. Pedí a los alumnos de primaria que se retiraran del lugar y, en ese preciso momento, sentí un fuerte golpe en la cabeza y comencé a rodar entre las ruedas delanteras del auto. Una rueda pasó sobre mi cintura, y otra sobre mis muslos. Quise levantarme pero fue imposible, mi pie izquierdo tenía una fuerte hemorragia. Comencé a desfallecer y solo atiné a orar: “Señor, tú has prometido volver, por favor, cuando eso suceda llévame a vivir contigo por la eternidad”. No tenía fuerzas para continuar mi plegaria, y pedí a Dios que perdonara mis pecados.

Perdí el conocimiento hasta que desperté en el hospital. Según el médico, yo estaba inconsciente, pero escuchaba todo, y le oí decir; “Esta mujer se está muriendo”.

De allí me trasladaron a otra clínica de Santa Cruz de la Sierra. Habían transcurrido 33 horas y aún estaba con vida. Entre cuidados médicos y dolores, pasaron dos meses y medio. Lo más angustioso era verme obligada a depender de la silla de ruedas para hacer mis tareas.

Una tarde me encontraba sola, y creí que era un buen momento para hablar con Jesús. Le hablé desde el corazón de la necesidad de una manifestación de su parte, y le dije: “Padre, tú eres el mismo Dios Todopoderoso de ayer, de hoy y de siempre. Levantaste a paralíticos y resucitaste muertos, ¡te suplico que me ayudes a caminar, que deje esta silla de ruedas!”. Mientras oraba sentí una fuerza interior que me impulsó a dar algunos pasos… y aquella tarde Dios me concedió la dicha de volver a caminar. ¡Dios hace posible lo que al hombre le parece imposible!

Elizabeth Chuquimia de Acnuta, Bolivia

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