HISTORIA 04: DIFICULTADES EN LA FAMILIA

UN antiguo refrán afirma: «Sobre llovido, mojado». Así debió haber pensado Moisés cuando, muy poco tiempo después que la gente había murmurado acerca de la alimentación, se enteró de que su propio hermano y su hermana se estaban quejando él.

Eso debió haberle dolido, porque amaba mucho a Aarón y a Miriam. Miriam era su hermana mayor, que lo había vigilado cuando, siendo un bebé, había sido colocado en la cesta entre los juncos de la orilla del Nilo. Una vez, Aarón había recorrido todo el camino desde Egipto hasta el monte Sinaí para verlo. Los tres habían trabajado, sufrido y orado juntos para sacar a Israel de Egipto.

¿Qué los incomodaba? Estaban portándose como dos niños traviesos, en lugar de proceder como dos adultos maduros.

En primer lugar, estaban burlándose de Moisés con respecto a su esposa. Como era madianita y morena, decían que era etíope; es decir, cosita. Indudablemente habían dicho eso muchas veces en broma; pero ahora lo afirmaban en forma tan mordaz, que desagradaba a Moisés.

Además decían: «¿Acaso no ha hablado el Señor con otro que no sea Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros?»

¡Ah! ¡Ese era el problema! Estaban celosos de algo.

Moisés se preguntaba qué podría ser. ¿Querían ellos su puesto? ¿Estaban cansados de que él fuera el jefe?

Entonces recordó. ¡Era evidente! Así como Josué, se sentían descontentos por el nombramiento de los setenta ancianos y de que el Espíritu de Dios hubiera descendido sobre ellos. Temían no ser tan importantes en el campamento desde ese momento. Moisés, pensaban ellos, debió haberlos consultado antes de hacerlo.

¡Esto era terrible! Si Aarón y María comenzaban a murmurar como los demás, era señal de que las cosas estaban yendo mal. ¿Qué podía hacerse al respecto?

No había nada que Moisés pudiera hacer. Al nombrar a los setenta ancianos, él solo había hecho lo que Dios le había ordenado; y en cuanto a que ellos recibieran el Espíritu Santo, seguramente que él no era responsable. Y Moisés no era la clase de persona que se defendería a sí mismo. La Biblia dice que «Moisés era muy humilde, más humilde que cualquier otro sobre la tierra».

Aquella era una situación en la que Dios debía intervenir. Y él tendría que decidir el asunto de una manera clara, a fin de que no hubiera más malos entendidos. Así, mientras los tres estaban conversando entre ellos con cierto entusiasmo, tal vez en la tienda de Moisés, «de pronto el Señor les dijo a Moisés, Aarón y Miriam: ‘Salgan los tres de la Tienda de reunión’.

Esta era una orden.

Fueron, preguntándose sin duda qué había de ocurrir después. Al llegar al tabernáculo, vieron la columna de nube descendiendo con lentitud, hasta que los tres parecieron estar encerrados con Dios, por así decirlo. Entonces el Señor habló.

«Llamó a Aarón y a Miriam, y cuando ambos se acercaron, el Señor les dijo:

—»Escuchen lo que voy a decirles: ‘Cuando un profeta del Señor se levanta entre ustedes, yo le hablo en visiones y me revelo a él en sueños. Pero esto no ocurre así con mi siervo Moisés, porque en toda mi casa él es mi hombre de confianza. Con él hablo cara a cara, claramente y sin enigmas. Él contempla la imagen del Señor. ¿Cómo se atreven a murmurar contra mi siervo Moisés?'»

Aarón y Miriam estaban silenciosos y con temor, porque era evidente que Dios se hallaba muy disgustado con ellos por lo que habían dicho a su hermano. Esperaron para ver si Dios hablaba de nuevo, pero no lo hizo. Entonces, la nube se elevó, y los tres se hallaron juntos bajo el sol radiante del desierto.

De repente Miriam dejó escapar un grito.

—»Mírenme! —exclamó—. ¡Mírenme! ¡Estoy leprosa!»

—»Cuando Aarón se volvió hacia ella, vio que tenía una enfermedad infecciosa».

Esta era una cosa terrible que le ocurriera a alguien, porque en aquellos días la lepra era considerada una enfermedad muy contagiosa. Todo el que la contraía, de inmediato debía de ser puesto fuera del campamento.

Fue un momento muy conmovedor. Miriam, completamente quebrantada, derramaba en lágrimas su corazón frente a su terrible castigo. Aarón, enfermo de angustia y muy arrepentido, clamaba por perdón para sí mismo y para su hermana. Y Moisés, a quien Miriam había herido más que a ninguna otra persona con sus amargas quejas, estaba de rodillas, implorando a Dios que la sanara.

Quizá nunca, en toda la historia, se haya visto una escena familiar tan penosa. Y Dios lo estaba observando todo. Su amoroso corazón se hallaba profundamente conmovido. Oyó la oración de Moisés. Miriam fue sanada. Pero para que no olvidara su lección, el Señor ordenó que fuera llevada lejos del campamento durante siete días, corno todos los demás que tenían lepra. Luego podría regresar, y todo volvería otra vez a la normalidad.

Así, la pobre Miriam fue conducida hasta el fin del campamento y colocada fuera. Indudablemente, Moisés y Aarón la acompañaron para consolarla y para despedirla. Y estoy seguro de que ellos fueron hasta el mismo lugar una semana más tarde para darle la bienvenida con los brazos abiertos.

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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Miguel Miguel

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