“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. Filipenses 4:6
En el día de Acción de Gracias de 1961, el empresario y cantante evangélico Merrill Womach partió de un pequeño aeropuerto cerca de Beaver Marsh, Oregón, en su avioneta privada.
Desafortunadamente, a escasos minutos del despegue, la avioneta giró repentinamente y se desplomó, cayendo en picada desde unas cien yardas (90 m) de altura, sobre las ramas heladas de los árboles. Cuando Merrill volvió en sí, la avioneta ardía en llamas. Procuró alejarse de allí, pero en el intento sufrió quemaduras graves, especialmente en la cabeza, el pecho, los brazos y las piernas.
Avanzó a los tumbos entre la nieve, tratando de llegar a la carretera más cercana, guiado por el ruido de los coches. Afortunadamente, dos hombres que habían presenciado la caída de la avioneta, se dirigían a su vez al lugar de la escena. Cuando los tres se encontraron, Merrill parecía un monstruo sin ojos, sin nariz y sin boca, y con toda la cabeza carbonizada e inflamada.
Tras colocarlo con cuidado en su vehículo, los hombres partieron con el rumbo al hospital más cercano. Durante el viaje, acostado en el asiento trasero, Merrill sintió no sólo un dolor imparable que se apoderaba de todo su cuerpo, sino también —según declaró luego— algo muy superior a su dolor: un deseo irresistible… ¡de cantar!
Mientras avanzaban por la carretera 97, Merrill trató de abrir un ojo, alcanzó a verse las manos y comprendió lo grave de su situación.
—Se me había hinchado la cabeza, y el dolor era insoportable —explicaría después—. Pero más que de llorar de dolor o de pena, sentía deseos de cantar. En eso, me vino a la mente un himno muy antiguo, que había aprendido de niño, así que me puse a cantarlo.
Mientras los hombres sentados en el asiento delantero escuchaban en incrédulo silencio, las palabras de un himno emergían desde una ranura en el rostro carbonizado de Merrill. En el Collier State Park, una ambulancia llegó al encuentro del vehículo. Los paramédicos transfirieron al herido a una camilla y se alejaron velozmente. Más allá del sonar de la sirena y del dolor de Merrill, su cantar —un himno de alabanza— seguía en el aire. . . “Paz, paz, cuán dulce paz, la que da nuestro Padre eternal”.
Tener paz no significa carecer de dolor. A veces, la paz de Dios nos llega en los momentos más dolorosos. ¿Se siente inquieto? ¿Inquieta? ¿Tiene el corazón lleno de ansiedad? El mensaje del apóstol Pablo a los colosenses es también para nosotros: “Gracia y paz a vosotros, de nuestro Padre Dios y del Señor Jesucristo” (Col. l:2). Regocijémonos hoy, porque el don divino de la paz ya es nuestro. Regocijémonos, porque, a la luz de la paz que nos es dada, bien podemos reemplazar nuestra ansiedad con alabanzas a Dios.
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Lecturas Devocionales Familiares 2023
«SOBRE TIERRA FIRME »
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
