«Pero yo digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen»
Mateo 5:44.
Tú sabes cuánto odiaba yo a Muhammad Ali por haber perdido contra él». Así se expresaba George Foreman, exboxeador estadunidense dosveces campeón del mundo y medallista de oro en unos Juegos Olímpicos. Sin embargo, en su autobiografía añade que su relación con Ali pasó de la enemistad amistad. ¿Cómo se produjo este cambio?
A pesar de que Foreman había admitido públicamente odiar a Muhammad Ali; este lo llamó en una ocasión.
—George, por favor vuelve al boxeo —le propuso Ali.
—Gracias, pero estoy retirado —le respondió un Foreman totalmente sorprendido, tanto por la llamada como por la propuesta—. Encontré algo mejor que el boxeó: ahora soy pastor y predicador.
A esa llamada le siguieron muchas otras, y, a medida que se iban conociendo más, fue surgiendo entre ellos la amistad. Foreman comenzó a hablar con su gran exenemigo casi todos los días. En las cartas que se escribían, firmaban, jugando el uno con el otro: «Con amor, Muhammad Ali>>, <<Con amor, George».
Ali estaba tan impresionado con el cambio efectuado en George, que le hacía preguntas difíciles sobre la Biblia. Finalmente, reconoció que, para haber cambiado tanto, debía haber tenido un verdadero encuentro con Dios.
En su estante de trofeos, George Foreman teñía una foto de la famosa lucha de los dos en África, que él había perdido. En la foto, George está derrotado y Ali en pie, a su lado, mientras el árbitro se prepara para la cuenta final. George había guardado esa foto de su derrota porque fue el momento en que inició su búsqueda de Dios. Tras su conversión, y con él tiempo, George Foreman aprendió a amar al hombre a quien tanto había odiado, hasta el punto de llegar a considerarlo su mejor amigo.
La Biblia da valor a la amistad; y, lo que es más difícil, nos insta a amar a nuestros enemigos. La lógica bíblica es diferente a la nuestra; la manera en que se debe amar, según Dios, es diferente a la nuestra. Amar implica decir: <<Esta pétéona me hizo daño, pero yo, como un ser transformado que soy, por la gracia divina, aun cuando fui herida y no «me nace» amar a esta persona, pondré en práctica a el principio del amor con ella».
El amor, a los ojos de Dios, no es un sentimiento, sino un principio de su reino.
Cuando aprendemos a amar, nos llevamos sorpresas. Sentimos alivio y una paz que excede todo entendimiento. Y, tal vez, como ocurrió con Foreman y Ali puede surgir una gran amistad.
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Por: MARIAN M.GRUDTNER
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