“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. Colosenses 3:23
Pieter Beckjen se ganaba la vida transportando gente y mercancías en el río Amstel. A veces navegaba por los canales de Ámsterdam con sus amigos creyentes, para adorar a Dios en secreto.
Al nacer su primer hijo, Pieter y su esposa procuraron mantenerlo escondido, para que nadie los obligara a bautizarlo en la iglesia oficial, pero al poco tiempo sus vecinos los delataron ante los magistrados correspondientes.
Acusándole de cometer “crímenes contra la majestad divina y secular. . . que perturban la paz”, las autoridades le confiscaron todo lo que tenía y condenaron a Pieter a la hoguera, no sin antes ponerlo sobre el potro de tormento, en un último y despiadado esfuerzo por doblegar su fe. Pieter se mantuvo imperturbable, y murió quemado en enero de 1569.
Al enterarse del destino que aguardaba a su amigo, Willem Janss trajo desde una aldea cercana al sitio de la ejecución, con la intención de consolarlo, pero al llegar a la compuerta de Ámsterdam la encontró cerrada. Tuvo que sobornar al portero para que lo dejara pasar.
Llegó al sitio de la ejecución, justo en el momento en que llevaban a Pieter a la hoguera, y con intrepidez le gritó:
Lucha valientemente, hermano querido.
¿Qué le dio a Pieter esa fe lista a desafiar la muerte? ¿Por qué estuvo dispuesto a “aguantar” hasta el fin, del lado del Señor, sin vacilar* Lo impulsaba un motivo poderoso: creía que Jesús era más que un buen hombre. Creía que Jesús era divino y que su promesa de vida eterna era genuina. Rechazar a Jesús era rechazar la vida eterna. Pieter aceptó las palabras que el Salvador dirigiera a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no moriré eternamente” Juan 11:25, 26). La vida eterna consiste en vivir por siempre en la gozosa presencia de Dios Padre, su Hijo Jesucristo, el Espíritu Santo y todas las huestes celestiales.
Los mártires de la antigüedad pudieron vislumbrar la eternidad más allá de las llamas. Por fe se asieron a las promesas de Dios.
La promesa es nuestra hoy: “Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11:26). Nuestra vida “está escondida con Cristo en Dios (Col 3:3). Su promesa de resurrección es veraz. Podemos tener la absoluta certeza de que cumplirá su Palabra.
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«SOBRE TIERRA FIRME »
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
