domingo , 19 abril 2026
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Las Bellas Historias de la Biblia

CUARTA PARTE – HISTORIA 07: LA CONSTRUCCIÓN DEL TABERNÁCULO

DURANTE los siguientes tres meses, el campamento de Israel se parecía a una colmena. Todo el mundo estaba ocupado y feliz. Dado que tenían muchas cosas para hacer, olvidaron sus penurias. El joven Bezalel no paraba un segundo, dirigiendo cada uno de los detalles de la construcción del tabernáculo. Lo ayudaban varios jóvenes casi tan hábiles como él, y todos lo hacían voluntariamente. Querían construir el tabernáculo. ¡Con razón hicieron un trabajo tan hermoso! Cuando una persona realmente ama su trabajo, no hay límite para sus posibilidades.

Moisés les entregó a los obreros la inmensa cantidad de ofrendas que el pueblo había traído, y lo primero que tuvieron que hacer es clasificar todo. Los objetos de oro fueron a parar a un cesto, los que estaban hechos de plata, a otro, y las piezas de bronce, a un tercero.

La clasificación de las distintas piedras preciosas llevó también bastante tiempo. Luego había que agrupar las diferentes pieles, según su clase; así también corno los tejidos de lino, las especies, las tinturas y todo lo demás. Cuando miles de personas comienzan a ofrendar, uno no sabe cuándo terminará.

Y una vez que el pueblo comenzó a entregar sus cosas, no quisieron detenerse. Mañana tras mañana, se aparecían con más y más ofrendas, hasta que los que clasificaban no sabían qué hacer con tantas cosas.

—¡Diles que dejen de traer cosas! —le pidieron a Moisés—. ¡Ya tenemos demasiado!

Moisés vino a observar la situación por sí mismo y descubrió que era cierto. Entonces, envió a mensajeros a todo el campamento. Le dijeron a la gente que no trajeran nada más.

No me sorprendería que más de uno, al oír esto, se hubiera sentido chasqueado. Hasta me parece oír a un niño que dice:

—¡Mamá, justamente ahora, que iba a dar esta moneda de plata, no quieren recibir más nada!

Y a su mamá que responde:

—Ya es demasiado tarde, hijito. Debía haberla dado antes.

O una niña pudo haber dicho:

—¡Qué pena, mamá! Ahora que me había decidido a entregar mi lindo collar… Tú sabes, el que tiene esmeraldas.

Y su madre debe haberle respondido:

—Debieras haberte decidido antes, hija. Ahora es tarde.

Y, en verdad era demasiado tarde. Ya nadie podía dar nada para la construcción del santuario de Dios.

Una vez que se clasificaron todos los donativos, comenzó el trabajo de la construcción. Algunos hombres cortaron la madera de acacia en tablones del tamaño exacto para colocarlos a los lados del santuario, como paredes. Otros fundieron los diversos metales, prepararon moldes para las diferentes piezas y comenzaron a martillar el oro para convertirlo en hojas.

Algunas mujeres hilaban el lino fino, otras tejían las cortinas con pelo de cabra y otras preparaban las tinturas con cuidado, para que dieran los colores debidos.

Bezalel mismo construyó el arca que contendría los Diez Mandamientos y que sería el centro de todos los servicios religiosos. Puesto que la gloria de Dios se manifestaría sobre ella, este joven artífice la hizo lo más perfecta que pudo. De todos los trabajos que había hecho en su vida, ese era el mejor. Nunca antes había unido las piezas de madera con tanta exactitud. Nunca había trabajado el oro con tanto cuidado. En ningún lugar podía encontrarse una rajadura, un rayón o siquiera una parte áspera.

¡Qué emoción debe haber sentido al trabajar en la plancha del propiciatorio! ¡Imagínate: un simple hombre preparando el lugar en que se manifestaría el gran Dios del cielo! Estoy seguro de que Bezalel pulió, limpió y lustró la plancha de oro sólido hasta que comenzó a brillar como un espejo, sin una marca ni rayón en ningún lado.

Sobre el propiciatorio, colocó los dos querubines de oro labrado que terminó después de muchas horas de trabajo.

Me imagino que, cuando concluyó su obra, dio unos pasos hacia atrás y contempló ese hermoso y resplandeciente mueble con satisfacción, aunque seguramente habrá deseado que sus pobres manos hubieran podido hacerlo aún mejor.

Entonces comenzó a trabajar en el altar de incienso, la mesa de los panes y el candelabro de siete brazos de oro. Todos estos artefactos sagrados fueron hechos por sus manos con el mismo cuidado amante y el mismo deseo intenso de que resultaran agradables a Dios.

Día tras día, la construcción seguía en marcha. Los que no tenían capacidad para ayudar se congregaban para observar cómo cada una de las piezas del tabernáculo iba tomando forma gradualmente. Y al regresar a sus tiendas cada noche, donde no había aparatos de radio ni de televisión, ni periódicos para distraerse, deben haber hablado de lo que habían visto, así como en nuestros días la gente habla del fútbol, del béisbol y otros deportes. Porque debes recordar que la construcción del tabernáculo era la única cosa de interés que ocurría en centenares de kilómetros a la redonda. Y sin duda, muchos se dirigieron a Moisés para preguntarle acerca del significado de cada uno de los muebles y utensilios. Y esto le dio ocasión al anciano dirigente para contar vez tras vez la historia del plan divino de salvación.

Por fin, seis meses después del día en que la obra había comenzado, Bezalel informó a Moisés que todo estaba listo. El tabernáculo, los hermosos muebles recubiertos de oro, el altar de bronce que iba a colocarse frente al tabernáculo, las cortinas que iban a rodear el atrio y hasta las lujosas vestiduras que Aarón y sus hijos iban a ponerse para actuar como sacerdotes; todo estaba preparado tal como Moisés lo había pedido.

—Muy bien hecho todo, Bezalel! —debe haberle dicho el anciano dirigente.

En verdad el joven merecía esa felicitación por haber logrado un trabajo tan acabado en pleno desierto, sin tener ninguna herramienta eléctrica o mecánica para trabajar. Y así, justamente un año después de que Israel salió de Egipto, «el santuario se instaló» a la mañana del primer aniversario de la liberación.

¡Qué entusiasmo reinaba en el campamento! Todo el mundo se había reunido para ver la ceremonia: hombres, mujeres y niños. Nunca antes había ido tanta gente reunida para observar cómo se levantaba un edificio.

Después, se introdujeron los muebles en el tabernáculo, mientras Moisés vigilaba para que cada cosa estuviera en su lugar. Él mismo colocó las dos tablas de la ley en el arca y las cubrió con el propiciatorio.

Por fin, todo estuvo en orden. Hasta donde Moisés podía recordar, cada cosa había sido hecha exactamente según el diseño que Dios le había mostrado en el monte. Pero ¿estaría satisfecho el Señor?

Precisamente entonces, mientras todos los israelitas observaban el edificio y se hacían esa pregunta, «la nube cubrió la Tienda de reunión, y la gloria del Señor llenó el santuario».

¡Qué espectáculo’ impresionante! ¡Todo el mundo debe haberse sentido emocionando! Pero el más contento de todos era Bezalel. ¡Se había esforzado tanto! Había dado lo mejor de sí. Ahora, Dios había aceptado su trabajo.

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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Norma Jeronimo & Miguel Miguel

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