viernes , 23 octubre 2026
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CUARTA PARTE – HISTORIA 05: CARA A CARA CON DIOS

CUANDO Moisés EL temor y la tristeza dominaban el campamento esa noche. Los israelitas acababan de enterrar a sus muertos, y se preguntaban qué castigo les esperaba todavía a causa de su terrible pecado de adorar el becerro de oro.

Nunca habían visto tantos muertos desde la última noche en Egipto, y en aquella ocasión eran los egipcios lo que habían sufrido. Ahora, tres mil de los suyos habían sido muertos en un solo día; ¿y quién podría predecir cuántos más morirían todavía?

Moisés también estaba preocupado. Sabía que Dios se había sentido muy disgustado. A la mañana siguiente, llamó al pueblo y dijo:

—»Ustedes han cometido un gran pecado. Pero voy a subir ahora para reunirme con el Señor, y tal vez logre yo que Dios les perdone su pecado».

Con el corazón cargado de tristeza, Moisés volvió a subir por la ladera del Sinaí. Al entrar otra vez en la nube y sentirse en la presencia de Dios, exclamó:

—»¡Qué pecado tan grande ha cometido este pueblo al hacerse dioses de oro! Sin embargo, yo te ruego que les perdones su pecado. Pero si no vas a perdonarlos, ¡bórrame del libro que has escrito!»

Uno casi puede percibir el sollozo que quebraba su voz. La oración interrumpida —» te ruego que les perdones su pecado…»—revela cuán profunda era su tristeza. Y cuando dijo: «si no vas a perdonarlos, ¡bórrame del libro que has escrito!», le estaba pidiendo a Dios que le permitiera morir a él en lugar de su pueblo, ofreciéndose así en sacrificio para que los israelitas pudieran vivir.

Por supuesto, el señor no le permitiría hacer eso; pero le habrá agradado mucho observar la devoción a su fiel siervo.

—»Sólo borraré de mi libro a quien haya pecado contra mí»

—le dijo.

Por un instante, Moisés debe haberse preguntado si con eso Dios quería decir que iba a matar a todo el pueblo por lo que había hecho. Pero no, en su gran misericordia el Señor le dijo:

—»Tú ve y lleva al pueblo al lugar del que te hablé. Delante de ti irá mi ángel».

De modo que se le concedía a Israel otra oportunidad.

Dios y Moisés tenían una relación tan cercana y se conocían tan bien, que hablaban como si fueran amigos íntimos. La Biblia dice: «Y hablaba el Señor con Moisés cara a cara, como quien habla con un amigo». Esto no quiere decir que Moisés veía realmente la cara de Dios. Pero Moisés todavía anhelaba ver a Dios.

—»Déjame verte en todo tu esplendor» —oró.

—»Voy a darte pruebas de mi bondad, y te daré a conocer mi nombre —respondió Dios—. Pero debo aclararte que no podrás ver mi rostro, porque nadie puede verme y seguir con vida».

Moisés quiso saber cómo iba a ocurrir esto, y el Señor le explicó:

—»Cuando yo pase en todo mi esplendor, te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano, hasta que haya pasado».

Y así fue como cierto día Dios le dijo:

—»Prepárate para subir mañana a la cumbre del monte Sinaí, y presentarte allí ante mí».

Le ordenó, además, que llevara consigo dos tablas de piedra iguales a las que había roto para que Dios pudiera escribir de nuevo su ley sobre ellas.

Así, a la mañana siguiente, Moisés subió hasta la cumbre de la montaña otra vez, llevando consigo dos tablas de piedra. Y el Señor «descendió en la nube y se puso junto a Moisés. Luego le dio a conocer su nombre».

Mientras estaba en la hendidura de la roca, Moisés sintió que Dios se hallaba más cerca que nunca, y mientras el Señor pasaba, oyó una voz gloriosa que decía:

—»El Señor, el Señor, Dios clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene su amor hasta mil generaciones después, y que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; pero que no deja sin castigo al culpable, sino que castiga la maldad de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y la cuarta generación».

Profundamente emocionado, Moisés no trató de ver a Dios, como había planeado. Ni siquiera se atrevió a mirarlo por un instante. Al contrario, con reverencia, «en seguida se inclinó hasta el suelo» y lo adoró.

Hay muchos niños y niñas que, como Moisés, desean ver a Dios. Y es bueno que deseen verlo; pero no podemos hacerlo, por lo menos por ahora. Algún día, veremos su rostro, pero no ahora. Además, no tenemos necesidad de hacerlo,. Nos alcanza con saber que es misericordioso, clemente, perdonador y «grande en amor y fidelidad».

Como dijo el apóstol Juan cierta vez, «Dios es amor».* y porque es amor, podemos confiar totalmente en él, aunque no lo veamos con nuestros ojos. Al igual que Moisés, podemos sentirlo bien cerca de nosotros, «cara a cara», mientras conversamos con él como si fuera el más querido de nuestros amigos.

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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Norma Jeronimo & Miguel Miguel

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