«Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.» Génesis 12:1
MIENTRAS estaban en Jarán, la caravana aumentó. Nacieron muchos terneros, cabritos, corderos y camellos. Llegaron más niños y niñas para aumentar las familias de los siervos. Así, cuando Abraham estuvo listo para partir, sus problemas de movilidad aumentaron enormemente.
Un día, cuando Abraham creció hasta hacerse grande, oyó una voz que le hablaba, y supo inmediatamente que era la voz de Dios.
Dios dijo:
— «Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que te mostraré. Haré de ti una nación grande, y te bendeciré; haré famoso tu nombre, y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!»
De repente, se presentó ante Abraham una visión gloriosa. Vio lo que Dios había planeado para su futuro. Vio más allá de las murallas de Ur hasta los confines de la tierra. Miró más allá de sus días hasta el tiempo del fin. Se vio a sí mismo convertido en una bendición para toda la humanidad. Pero esto significaba dejar su hogar, sus amigos y la tierra de sus padres.
Creyó que estaba siendo guiado a la Tierra de la Promesa que Dios le había dado a Adán y Eva: el Edén, el glorioso Edén. Algún día, el Edén sería devuelto a sus hijos.
¿Iría o se quedaría? Por un momento, todo el futuro pendió de su decisión. ¿Dijo Abraham: «Quizá vaya, quizá me quede»? No. No lo dudó ni un instante. De inmediato, decidió hacer como Dios le había indicado.
Una buena cantidad de personas que vivían en Jarán y en sus alrededores preguntaron si podían ir con ellos también. Habían escuchado a Abraham hablar del gran Dios del cielo, a quien amaba y adoraba, y que lo había llamado para dejar Ur de los caldeos y viajar a una tierra nueva y mejor. Al oír su maravillosa historia y observar su vida compasiva, decidieron unírsele; y Abraham estuvo de acuerdo en llevarlos consigo.
La Biblia dice: «Abram partió, tal como el Señor se lo había ordenado».
¡Cuánto abarcan esas pocas palabras! Significaban embalar todas las cosas, hacer todos los arreglos para el viaje y despedirse de los amigos y los parientes.
Leemos que, cuando la caravana se puso en marcha nuevamente, Abraham tenía 75 años. «Al encaminarse hacia la tierra de Canaán, Abram se llevó a su esposa Sara y, a su sobrino Lot, a toda la gente que habían adquirido en Jarán, y todos los bienes que habían acumulado».
Hubiese sido mucho más fácil y más cómodo permanecer en Jarán, donde todos habían sido tan amistosos, pero Abraham sabía que no estaría cumpliendo la voluntad de Dios. Debía continuar, siempre en busca de la Tierra Prometida.
Ahora, el viaje era más lento que nunca, con muchas más personas y animales en la caravana. Recorrían solo una corta distancia por día, pero en realidad no importaba, porque nadie tenía mucho apuro. Se tomaban su tiempo y disfrutaban del viaje.
Al avanzar hacia el Sur, aparecían más colinas y vegetación. De tanto en tanto, pasaban por pequeños poblados de descendientes de los pioneros que se habían mudado de Babel dos siglos antes. Eran primos lejanos de Abraham, dado que eran hijos de Canaán, un hijo de Cam; y su tierra era llamada la la tierra de Canaán.
Lamentablemente, la mayoría de estas personas se habían olvidado de Dios y adoraban ídolos, o se inclinaban ante el sol y la luna como si fuesen dioses. Contemplaban asombrados esta caravana de gente que no llevaba ningún ídolo y cuyo líder, bondadoso y de noble apariencia, se las pasaba hablando de Alguien que hizo el cielo y la tierra y que quería que todos lo amaran y le sirvieran.
«Abram atravesó toda esa región hasta llegar a Siquén, donde se encuentra la encina sagrada de Moré. En aquella época, los cananeos vivían en esa región. Allí el Señor se le apareció a Abram y le dijo: ‘Yo le daré esta tierra a tu descendencia’. Entonces Abram erigió un altar al Señor, porque se le había aparecido».
Habían pasado muchos meses desde que había abandonado su hogar. ¡Qué fe necesitó para mantener viva en su corazón la visión de la bella ciudad fulgurante durante tanto tiempo! Puedes imaginarte lo contento que estaba Abraham de volver a escuchar la voz de Dios otra vez. De tanto en tanto, durante el largo viaje y tantas demoras, bien puede haberse preguntado si estaba en el camino correcto, y haciendo lo que Dios realmente quería que hiciera. Pero ahora contaba con esa seguridad. ¡Qué feliz estaba de que Dios estuviese complacido con él!
En su alegría, construyó un altar y ofreció un sacrificio, y luego él, Sara, Lot y todos los siervos se arrodillaron en adoración. Cuando el humo del sacrificio ascendía por el aire, algunos de los cananeos lo vieron y se preguntaron qué estaba ocurriendo.
Al acercarse para mirar, vieron a Abraham y toda su gente arrodillados delante de Dios, y sus corazones se conmovieron. Recordaron lo que sus padres les habían contado del gran Creador, y algunos decidieron que a ellos también les gustaría adorar a Dios como Abraham, en vez de inclinarse ante los ídolos.
Cada vez que la gran caravana se detenía, Abraham construía un altar, hasta que la región quedó salpicada de ellos, cada uno como un testigo silencioso de su fe. Cuando, años después, los viajeros encontraban uno de esos altares y se preguntaban qué era y quién lo había construido, siempre había alguien que les decía: «Este es uno de los altares de Abraham, siervo del Dios del cielo». Estos altares señalaban las huellas de un buen hombre, un hombre de Dios que procuraba hacer lo recto y dar testimonio de su Hacedor.
Nosotros también debiéramos hacer como él hizo. Al mudarnos de un lugar a otro a lo largo de la vida, debiéramos tratar de dejar monumentos de nuestra fe a nuestro paso. Mucho después de pasar de un aula a otra, o de una escuela a otra, o de una ciudad a otra, la gente debiera poder recordarnos como hijos de Dios que siempre se ponen de parte de la justicia, de la verdad y del juego limpio.
No es que seamos un ejemplo perfecto todo el tiempo. Incluso Abraham, mientras construía sus altares, cometió un gran error. Y la Biblia nos habla de él para que no nos desanimemos si llegamos a resbalar alguna vez.
Dado que una sequía impidió que su numeroso ganado pastará en Canaán, Abraham se dirigió hasta Egipto. Allí, se metió en problemas al tratar de engañar al faraón.
Como Sara era muy hermosa, tenía miedo que el rey lo matara y tomará a Sara para sí. Así que dijo que era su hermana. En cierto modo, esto era cierto, pero ¡cuánto mejor habría sido si desde el principio hubiera dicho que era su esposa!
Faraón se preparó para tomar a Sara como esposa y trató espléndidamente a Abraham, dándole muchos regalos. Pero al final, como siempre, se supo la verdad. Entonces, el faraón se enojó, y tenía razones para estarlo, y Abraham pasó mucha vergüenza.
«Y el faraón ordenó a sus hombres que expulsaran a Abram y a su esposa, junto con todos sus bienes».
Con vergüenza, la caravana se dirigió nuevamente hacia el Norte. Pero aunque Abraham tenía el corazón quebrantado por su fracaso, sabía dónde ir. «Desde el Néguev, Abram regresó por etapas hasta Betel, es decir, hasta el lugar donde había acampado al principio, entre Betel y Hai. En ese lugar había erigido antes un altar, y allí invocó Abram el nombre del Señor».
Tenía mucho para contarle a Dios. ¡Ah, cómo lamentaba haber arruinado la mejor oportunidad de su vida para dar testimonio de él en la corte del faraón! Pero Dios lo perdonó, y todo volvió a estar bien. Es bueno regresar a algún «altar» que hayamos construido «al principio» —a algún lugar donde nos hayamos encontrado antes con Dios— cuando cometemos un error y derramar nuestro corazón en humilde arrepentimiento. Porque él nos oirá y nos perdonará, y continuaremos nuestro caminar, sabiendo que todavía nos ama.
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Noel Ramos & Miguel Miguel
