Te abriste camino en el mar, pasaste entre las muchas aguas, no se hallaron tus huellas (Salmo 77: 19).
Querida amiga, puede que te decepciones conmigo por lo que te voy a decir, pero ya no creo en Dios. Mis padres me enseñaron a entregarle todo a él, pero parece que Dios no quiere saber de mí. Primero, permitió que me sometiera a dos abortos. Luego, mis novios me dejaron. Solo tengo pérdidas. Me siento abandonada por él. Entonces, es mejor vivir sin él.
Cuando recibí este mensaje intenté imaginar el torbellino de emociones por el cual estaba pasando esta joven, cuyas decisiones la habían llevado a sentirse en el fondo de un oscuro pozo. No se daba cuenta de que habían sido sus propias decisiones las que la habían llevado a tan terribles consecuencias. Ahora había tomado la peor de todas las decisiones: dejar de creer en Dios.
Eso es exactamente lo que Satanás desea que decidamos cuando nos tienta a tomar decisiones desastrosas. Si aceptamos sus sugerencias, terminaremos haciéndonos daño a nosotras mismas y, en el colmo del dolor, culparemos a Dios de todo y lo abandonaremos. Así como hay fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente, hay fiesta en el entorno del diablo cuando una hija de Dios comienza a dudar de su amor y deja de creer en él.
Algunas veces, sufrimos como consecuencia de nuestras propias decisiones; otras, no es que elijamos mal, sino que los desafíos de la vida nos encuentran sin preparación. Entonces, perdidas, corremos de un lado a otro, llenas de miedo, y dejamos de creer.
Poco antes de cruzar el mar Rojo, Moisés fue desafiado a intentar mantener la confianza del pueblo centrada en Dios.
Mientras visualizaban mentalmente la derrota y se lamentaban, no se permitían confiar, por eso comenzaron a dudar aun habiendo sido testigos de los milagros divinos. Independientemente de la reacción desesperada del pueblo, la longanimidad y la misericordia divinas siguieron en acción. Ya sabes cómo terminó la historia: Dios permitió que los hebreos superaran aquella situación, aparentemente sin salida, para que se manifestara su poder al humillar a los egipcios. Dios podría haber evitado esa circunstancia, pero quiso probar la fe de su pueblo para fortalecer su confianza en él.
En la vida enfrentamos luchas que nos tientan a dejar de creer en Dios. Permitimos que nuestra fértil imaginación defina nuestro fracaso espiritual. Pero ¿sabes qué? Dejar de creer en Dios no hace que los problemas desaparezcan.
Querida amiga, Dios te invita a avanzar. Confía en él y sigue adelante, aunque te rodeen los problemas. Por la fe divisarás la poderosa mano divina. ¡Y el milagro sucederá!
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Tomado de la: Lectura Devocional para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Esther Peláez
