“He aquí, herencia de Jehová son los hijos; Cosa de estima el fruto del vientre.” Salmo 127:3

Instintivamente miré mi reloj, para luego contarle a mi esposo sobre esa actitud de Laura. Faltaban quince minutos para las diez. El día transcurrió sin sobresaltos, hasta que al anochecer las vi salir corriendo, como todos los días, a recibir a su papá, quien las estrechó, como siempre lo hacía, en un fuerte abrazo a cada una, pero esta vez el abrazo fue más prolongado y otras fueron sus palabras:
—Hoy regresé vivo y sano a casa, por un milagro de Dios.
-¿Qué pasó? -preguntamos a coro su mamá y yo.
-Mientras doblaba con todas mis fuerzas una viga de hierro, el perno se rompió y fui despedido con tanta violencia, que con el golpe de mi cuerpo rompí una escalera gruesa de madera, y caí dentro de un gran pozo lleno de muchas varillas de hierro de mi altura, clavadas en forma vertical, una junto a otra. Pude haber muerto con el cuerpo ensartado por muchas varillas, pero Dios quiso que cayera de pie en el poco espacio que quedaba entre ellas, y solo tengo un pequeño raspón.
—¿A qué hora sucedió el accidente? -le pregunté.
—A las diez, exactamente -respondió-. Cuando salí del pozo, mis amigos, que esperaban encontrarme muerto, me abrazaron llorando.
Querida amiga, cada respuesta de Dios es en sí un milagro, y cada milagro nos enseña una verdad acerca de Dios y nos acerca a él. Ese día, los adultos comprendimos mejor las palabras del Salmo 127, y nuestras pequeñas hijas comprendieron la importancia y la bendición de orar unos por otros y poner a Dios en primer lugar en la familia y en la vida.
Nancy Estela Arce, Argentina
Tomado de:
Lecturas devocionales para Damas 2014
“De mujer a mujer”
Por: Pilar Calle de Hengen