Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. (2 Tim.4:8)

maestría las cuerdas de las arpas, produciendo dulce música en ricos y melodiosos acordes. Dicha indecible estremece todos los corazones, y cada voz se eleva en alabanzas de agradecimiento: «¡A Aquel que nos ama, y nos ha lavado de nuestros pecados en su misma sangre, y nos ha constituido reyes y sacerdotes para el Dios y Padre suyo, a él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos!» (CS:704) ¡Ah, qué gozo inenarrable el de ver al que amamos, el de ver la gloria de Aquel que nos amó tanto que se entregó por nosotros, el de contemplar cómo se extienden para bendecirnos y acogernos esas manos que fueron taladradas para lograr nuestra redención! (ST, 02-11-1882) Los que…se entregan en las manos de Dios…verán al Rey en su hermosura. Contemplarán su incomparable encanto, y, pulsando las áureas arpas, henchirán el cielo de exquisita música y harán oír los cantos del Cordero. (RH, 15-06-1905) (359) (Qt)
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“Mi Vida, Hoy”
Noviembre: Una Vida Victoriosa.
Por: Elena G. de White