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Y descendió con ellos, y vino a Nazaret, y estaba sujeto a ellos…Y Jesús crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres. (Lucas 2:51-52)

Se sometió a las restricciones impuestas por la autoridad paterna, y reconoció sus obligaciones como hijo, hermano, amigo y ciudadano. Cumplía los deberes que tenía para con sus padres con respetuosa cortesía. Era el Monarca del cielo; había sido el gran Jefe celestial; los ángeles se deleitaban en cumplir su voluntad. Y helo aquí convertido en siervo dispuesto, en hijo alegre y obediente.
Nada pudo impedirle cumplir el fiel servicio que se espera de un hijo. No pretendió hacer nada notable que lo distinguiera de los demás jóvenes, o que proclamara su origen celestial. Ni siquiera sus amigos y parientes vieron señales de su divinidad en el curso de los años de la vida de Cristo que transcurrieron entre ellos. Cristo era reposado, y amable; animoso, bondadoso y siempre obediente…
El silencio que guardan las Escrituras respecto a la infancia y juventud de Cristo encierra una importante lección para padres e hijos. Él fue nuestro ejemplo en todo. El hecho de que se hace un brevísimo comentario de la infancia y la adolescencia de Cristo, indica a padres e hijos que cuanto más inadvertido pasa el período de la niñez y la juventud, y cuanto más natural y libre de excitaciones artificiales sea, tanto mejor será para los niños y tanto más favorecerá la formación de un carácter puro, sencillo y de verdadero valor moral. (YI, 02-1873) (309)
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“Mi Vida, Hoy”
Octubre: Una Vida Reverente.
Por: Elena G. de White