«Me propuse más bien, estando entre ustedes, no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y de este crucificado». 1 Corintios 2:2, NVI

Describamos, si el lenguaje humano permite hacerlo, la humillación del Hijo de Dios, y no pensemos que hemos alcanzado la cúspide al verlo cambiando el trono de luz y gloria que compartía con el Padre, por la humanidad. Él vino del cielo a la tierra, y mientras estuvo en la tierra soportó la maldición de Dios como garantía de la humanidad caída. No lo obligaron a hacerlo. Él eligió soportar la ira de Dios en la que había incurrido la raza humana por su desobediencia a la ley divina. Eligió soportar las crueles burlas, los escarnios, los azotes y la crucifixión, «haciéndose obediente hasta la muerte» (Fil. 2: 8). Pero la manera en que murió asombró al universo, porque fue muerte de cruz.
Cristo no era insensible a la ignominia y la desgracia. Experimentó todo amargamente. Lo sintió más profunda y agudamente de lo que nosotros podemos sentir el sufrimiento, porque su naturaleza era más excelsa, pura y santa que la de la humanidad pecadora por la que sufría. Era la Majestad del cielo, era igual al Padre, era el Comandante de las huestes angélicas y, sin embargo, murió por la humanidad sufriendo una muerte que más que ninguna otra era considerada ignominiosa. Ojalá que los enaltecidos corazones de los seres humanos comprendieran esto. Ojalá que comprendieran el significado de la redención y procuraran aprender la humildad de Jesús. […]
Los dones del que era poderoso en el cielo y en la tierra están al alcance de los hijos de Dios. Valiosísimos dones que recibimos mediante el costoso sacrificio de la sangre del Redentor, dones que satisfarán el anhelo más profundo del corazón, dones que duran como la eternidad, serán recibidos y disfrutados por todos los que acudan a Dios como niños pequeños.— The Review and Herald, 11 de septiembre de 1888.
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Devocional Vespertino Para 2023.
«A FIN DE CONOCERLE»
Por: ELENA G. DE WHITE
Colaboradores: Ruben D. Salazar & Miguel Miguel