«CONFRONTACIÓN EN EL POZO DE JACOB»

<<Pero el que beba del agua que yo doy, nunca más tendrá sed. El agua que le daré brotará dentro de el como un manantial que da vida eterna>>.

Juan 4: 14, PDT

Cuando Jesús se sentó para descansar junto al pozo de Jacob, venía de Judea, donde  su ministerio había producido poco fruto. […] Se sentía débil y  cansado, pero no descuido la oportunidad de hablar a una mujer sola, aunque era una extraña, enemiga de  Israel  vivía en pecado.   El Deseado de todas las gentes, cap. 19, pp. 170-171.

Mientras la   mujer hablaba con Jesús, le impresionaron sus palabras. […] Comprendió la sed de  su alma, que las aguas del pozo de Sicar no podrían nunca satisfacer. Nada de todo lo que había conocido antes le había hecho sentir así su gran necesidad. Jesús la había convencido de que leía los secretos de su vida; sin embargo, se daba cuenta de que era un amigo que la compadecía y la amaba. Aunque la misma pureza de su pre­sencia condenaba el pecado de ella, no había pronunciado acusación alguna, sino que le había hablado de su gracia, que podía renovar el alma. […] Dejando su cántaro, volvió a la ciudad para llevar el mensaje a otros. […] Con corazón rebosante de alegría, se apresuró a impartir a otros la preciosa luz que había recibido.

<<Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¡No sera este el Cristo?>>, dijo a los hombres de la ciudad (Juan 4: 29, NVI). Sus palabras conmovie­ron los corazones. Había en su rostro una nueva expresión, un cambio en todo su as­pecto. Se interesaron por ver a Jesús. […]

Tan pronto como hallo al Salvador, la mujer samaritana trajo otros a el. Demostró ser una misionera mas eficaz que las propios discípulos. Ellos […] tenían sus pensa­ mientos fijos en una gran obra futura, y no vieron que en derredor de sí había una mies que segar. Pero por medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llego a oír del Salvador. […]

Esta mujer representa la obra de una fe practica en Cristo. Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. El que bebe del agua viva, llega a ser una fuente de vida. El que recibe llega a ser un dador.-  Ibid., pp. 166, 167, 171.

 

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Colaboradores: José Sánchez y Silvia García

 

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