«Porque todas las promesas de Dios son en él «sí», y en él «Amén», por medio de nosotros, para la gloria de Dios». 2 Corintios 1: 20

LA PRECIOSA BIBLIA es un jardín de Dios, y sus promesas son los lirios y las rosas y los claveles.— Review and Herald, 19 de marzo de 1889.
Cuánto desearía que todos creyéramos en las promesas de Dios […]. No tenemos que buscar en nuestros corazones esperando sentir una emoción de gozo como evidencia de nuestra aceptación ante el cielo, pero hemos de tomar las promesas de Dios y decir «son mías».— Signs of the Times, 25 de marzo de 1889.
Las Escrituras deben recibirse como palabra que Dios nos dirige, palabra no meramente escrita, sino hablada. Cuando los afligidos acudían a Cristo, discernía no solo a los que pedían ayuda, sino a todos aquellos que en el curso de los siglos acudirían a él con las mismas necesidades y la misma fe. Al decirle al paralítico: «Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados» (Mat. 9: 2), al decir a la mujer de Capernaúm: «Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz» (Luc. 8: 48), se dirigía también a otros afligidos, a otros cargados de pecado, que acudirían a pedirle ayuda. Así sucede con todas las promesas de la Palabra de Dios. En ellas nos habla a cada uno en particular, y de un modo tan directo como si pudiéramos oír su voz. Por medio de estas promesas, Cristo nos comunica su gracia y su poder. Son hojas de aquel árbol que es «para la sanidad de las naciones» (Apoc. 22: 2). Recibidas y asimiladas, serán la fuerza del carácter y el sostén de la vida.— El ministerio de curación, cap. 7, pp. 70-71.
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Devocional Vespertino Para 2021.
«La Fe por la cual vivo»
«LA PALABRA Y LAS OBRAS DE DIOS»
Por: Elena G. de White
Colaboradores: Martha González & Joaquín Maldonado
