Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado. JUAN 15:9.
Aun niñito de Aberdeen, Escocia, no le gustaban las ciruelas pasas, a pesar de que su madre frecuentemente le decía que eran buenas para él. Una tarde ella sirvió un postre de ciruelas pasas, y el niño se rebeló.
La mamá le rogaba. La mamá lo animaba. Pero el niño permanecía con la boca cerrada y los brazos cruzados firmemente contra su pecho. Finalmente, desesperada, ella le dijo: «Dios se va a enojar si no comes esas ciruelas pasas». El niño siguió rehusando y fue enviado a la cama.
Con el ceño fruncido, la madre lo arropó, y luego bajó por las escaleras. De golpe sobrevino una violenta tormenta eléctrica. Los relámpagos iluminaban las ventanas, los rayos rasgaban el cielo y la lluvia caía a torrentes sobre el techo. La madre subió silenciosamente por las escaleras y miró en el dormitorio de su hijito esperando verlo acostado. Pero el muchacho se había acercado a la ventana. Observando la furiosa tormenta, dijo: «Tanto lío por esas horribles ciruelas pasas».
Podemos sonreír ante el comentario del niño, y burlarnos de su falta de entendimiento de Dios. Sin embargo, es probable que estemos luchando con este mismo asunto. Aun los cristianos consagrados pueden aferrarse a la falsa noción de que sus pecados enojan a Dios.
Esta idea acerca de Dios está enraizada en el temor, no en el amor. Cuando nuestra experiencia cristiana está basada en el temor, hay muy poco gozo genuino y poder espiritual dinámico en nuestra vida cristiana.
Hay otra manera de ver la vida cristiana que hace una diferencia. Las Escrituras enseñan que «Dios es amor» (1 Juan 4:8). «Con amor eterno te he amado» (Jer. 31:3). «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto» (Sant. 1:17).
Dios es bueno, hace el bien, y sólo desea lo bueno para nosotros.
Nuestros pecados no enojan a Dios, lo lastiman profundamente. Él no se enoja contra nosotros cuando pecamos. Su corazón se quebranta porque el pecado es destructivo; nos destruimos a nosotros mismos, y no logramos experimentar «la vida abundante» que él nos ofrece (Juan 10:10).
La mayor motivación de vivir una vida santa es sentir que un Dios de amor que ha dado su vida por nosotros se siente dolorido cuando dejamos ese amor por algún placer barato y pecaminoso. Al igual que un padre amante, Dios siente profundo dolor cuando desobedecemos y nos causamos dolor a nosotros mismos. Su único deseo es que tengamos una felicidad genuina y duradera.
Si su amor no nos puede mantener fieles, nada lo podrá.
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Colaboradores: Familia Mariscal

