«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí»
Génesis 3: 12.
Cuando enseñaba en una escuela secundaria, aprendí una gran lección. Tenía un grupo de cuya clase salía siempre frustrada por la falta de compromiso e interés de los alumnos. Las semanas pasaban y no veía ningún progreso. Terminados los dos primeros meses, las notas de los alumnos fueron bajas.
Me cuestioné cuál era el problema. Intentado descifrarlo, les pedí un día a los alumnos que evaluaran mis clases. Les dije que nada de lo que escribieran comprometería mi relación con ellos ni sus notas finales. Recogí sus observaciones y las leí en casa: <<Profesora sus clases son muy aburridas»; «Usted solo habla, nunca hace nada diferente»; «¿No puede variar un poco?»; «No estoy aprendiendo nada»; «Sus clases son muy monótonas». Qué duro fue leer esas evaluaciones de mi trabajo. Hubiera sido más cómodo culpar a mis alumnos por sus malos resultados e incluso por mi frustración.
En la siguiente clase, les conté mi disposición a preparar clases dinámicas. Los dividí en grupos, les permití sentarse por el piso, y comencé a verlos más contentos, participativos e interesados. Dos meses después, sus resultados demostraron cuánto había valido la pena haber reconocido mi parte de culpa en la situación: La nueva evaluación me dejó satisfecha.
Después de la caída, al ser evaluados por Dios, Adán y Eva le echaron la culpa primero a la serpiente y luego al Creador. Desde entonces, el ser humano le ha echado la culpa de sus fallas e infortunios a los demás, a las circuns tancias o a Dios. Es más fácil justificar los fracasos culpando a alguien que asumiendo nuestra responsabilidad, tanto en situaciones sencillas como en las más complejas: «Las clases no rinden buenos resultados por culpa de los alumnos» «Por culpa de mi esposo soy infeliz»; «Mis padres son los culpables de todos mis problemas»
Culpar a los demás es malo, porque nos lleva a creer que nunca somos responsables de nuestra rabia, frustración, depresión o infelicidad. Esto nos impide madurar. Además, nos roba la fuerza para tomar la decisión de hacer cambios, pues si la culpa es de otro, razonamos que la solución no depende de lo que nosotras podamos hacer.
Negarnos a reconocer los propios errores y responsabilidades, nos impide resolver aspectos de nuestra personalidad, y así es imposible crecer y madurar. Si dejamos de culpar a los otros, seremos más autónomas y maduras. Y, cuando nos frustremos con algo, decidiremos ser las protagonistas de la historia de superación de un sentimiento o de un problema.
Lecturas Devocionales para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.
