«¡Hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres!».
1 Corintios 4: 9
El Señor Jesús está realizando experimentos en los corazones humanos por medio de la manifestación de su misericordia y abundante gracia. Él está realizando transformaciones tan sorprendentes que Satanás, con toda su triunfante jactancia, con toda su confederación del mal unida contra Dios y las leyes de su gobierno, se detiene para mirarlas como una fortaleza inexpugnable ante sus sofismas y engaños; son para él un misterio incomprensible. Los ángeles de Dios, serafines y querubines; los poderes comisionados para cooperar con los agentes humanos, contemplan con asombro y gozo cómo seres humanos caídos, una vez hijos de la ira, están desarrollando, por la enseñanza de Cristo, caracteres a la semejanza divina, para ser hijos e hijas de Dios, para desempeñar una parte importante en las ocupaciones y los deleites del cielo.
Cristo ha dado a su iglesia abundantes bendiciones a fin de que pueda recibir ingente rédito de gloria de su posesión comprada y redimida. La iglesia, dotada de la justicia de Cristo, es su depositaria, en la cual las riquezas de su misericordia, su amor y su gracia, han de aparecer en plena y final manifestación. La declaración de su oración intercesora, de que el amor del Padre es tan grande hacia nosotros como hacia él mismo, el Hijo unigénito, y que nosotros estaremos con él donde él está, hechos uno con Cristo y el Padre para siempre, es una maravilla para la hueste angelical, y constituye su gran gozo.
El don de su Espíritu Santo, rico, completo y abundante, ha de ser para su iglesia como un muro de fuego que la circunde, contra el cual no prevalecerán las potencias del infierno. Cristo mira a sus hijos en su inmaculada pureza y perfección impecable como la recompensa de sus sufrimientos, su humillación y su amor, y la corona de su gloria, siendo él mismo el gran centro del cual irradia toda gloria.— Testimonios para los ministros, cap. 1, p. 34.
Todo el cielo observa esos agentes que son como la mano para llevar a cabo el propósito de Dios en la tierra, cumpliendo así la voluntad de Dios en el cielo. Tal cooperación realiza un trabajo que trae honor, gloria y majestad a Dios. ¡Oh, si todos amaran como Cristo amó, para que la gente que perece pueda ser salvada de la ruina, qué cambio se produciría en nuestro mundo!— Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 456.
LA GRACIA QUE TRANSFORMA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
