«Entonces el Rey dirá a los de su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino Preparado para vosotros desde la fundación del mundo, porque […] estuve en la cárcel y fuisteis a veme»». Mateo 25: 34-36
AYER, RESPONDIENDO a una invitación, dirigí la palabra a los presos [de una cárcel cerca de Salem, Oregón]. La Sra. Jordan, una muy amable hermana en la fe, me llevó en su carruaje. Me sorprendió ver a un grupo tan agradable de gente inteligente. ¡Qué triste! Cuántos jóvenes, más jóvenes que nuestros queridos hijos, tan capaces y con la apariencia de que podrían ocupar cualquier puesto de responsabilidad. No te habrías podido imaginar que eran presos, y solamente lo hubieras advertido por sus peculiares uniformes bien pulcros y aseados. No había nada repulsivo en su apariencia.
El alcaide nos hizo entrar, y luego, al sonido de una campana, los pesados cerrojos de hierro se fueron retirando con estruendo y de las celdas salió un grupo de un centenar y medio de presos. A continuación, quedamos encerrados con ellos, el carcelero, el alcaide, el hermano Carter y su esposa, la hermana Jordán y yo. Todos cantaron dirigidos por el hermano Carter. Disponían de un armonio que lo tocaba un joven, un músico excelente, un tipo talentoso, y sin embargo ¡qué lamentable!: un convicto. Hice una oración y todos inclinaron los rostros. Cantaron otra vez y luego me dirigí a ellos.
- Escucharon con la más profunda atención las siguientes palabras: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios» (1 Juan 3: 1). Presenté entonces delante de ellos el pecado de Adán, su caída y el don de Dios para redimir ese fracaso, el amor manifestado así para salvamos del pecado y la ruina. Comenté la tentación de Cristo en el desierto, la victoria que ganó en favor de la humanidad, y cómo nosotros podemos vencer las trampas seductoras de Satanás colocando nuestra confianza en Cristo.
Me espacié por unos momentos en la naturaleza del pecado, en que es la transgresión de la ley, y cómo mediante el arrepentimiento ante Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo el pecador puede recibir salvación plena y gratuita. Lo que no podemos es ser salvos por los méritos de la sangre de Cristo mientras continuemos violando la ley del Padre. […] Cristo murió para poner en evidencia ante el pecador que no hay esperanza para él mientras continúe en el pecado. La obediencia a todos los requerimientos de Dios es su única esperanza para recibir el perdón mediante la sangre de Cristo. Insistí en la gran recompensa que será dada al triunfador final: la corona de la vida que no se desvanece y que será colocada en nuestras frentes.
Todos me escucharon con semblantes solemnes y lágrimas en los ojos, mientras sus labios temblorosos me mostraron que sus corazones, aunque encallecidos por el pecado, sintieron el impacto de las palabras que les había sido dirigidas. — Carta 32, 24 de junio de 1878, dirigida a Jaime White, que se encontraba de viaje por el este de los Estados Unidos.
- Hebreos 13 3, DHH.
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Devocional Vespertino Para 2019.
“Alza Tus Ojos”
Por: Elena G. de White
Colaboradores: Lisseth Orduz & Michelle Ramírez
