Versículo de Memoria
Vengan a las puertas y a los atrios de su templo con himnos de alabanza y gratitud. ¡Denle gracia, bendigan su nombre! Salmo 100:4
Mensaje
Cuando desempeñamos una parte activa en el culto, estamos respondiendo al amor de Dios
Referencia
Marcos 1: 21, 28; El Deseado de todas las gentes cap: 26; Creencias fundamentales 20,12,22
¿Hay algún pastor o maestro por el que sientes un especial aprecio? ¿Por qué te agrada esa persona? ¿Le has contado cómo te sientes? Imagina que Jesús es tu pastor.
El joven estaba inquieto en su asiento junto a su padre. -Me alegro de que hayamos venido temprano -dijo-. No puedo creer que hoy haya venido tanta gente a la sinagoga.
-Todos quieren escuchar a Jesús -contestó el padre-. Después que sanó al hijo del noble, su fama se extendió con rapidez.
-Tal vez hoy sanará a alguien -dijo el joven con entusiasmo.
-Tal vez -repitió el padre-. Pero tengo la impresión de que Jesús no lo hace para entretener a la multitud. Hay algo diferente en él.
El joven podía ver al hombre que tanto le interesaba. Jesús no parecía diferente de otras personas que había a su alrededor. Asistía a la sinagoga cada sábado y participaba en la adoración, al igual que los demás.
-¿Por qué Jesús pasa tanto tiempo aquí en Capernaum? -quiso saber el joven.
-Debe de ser porque mucha gente pasa por este lugar -explicó el padre-. Creo que Jesús desea compartir su mensaje con tanta gente como sea posible. Este es un buen lugar para hacerlo.
La gente se aquietó cuando vio que Jesús se preparaba para hablar. Nadie quería perderse ni una sola palabra. Causaba la impresión de que se dirigía directamente a cada persona. Empleaba ilustraciones de la vida diaria que todos podían comprender. Presentaba cosas importantes acerca del amor de Dios con una autoridad que inducía a creer.
El joven escuchaba asombrado lo que Jesús decía. Comentó con su padre que le resultaba muy fácil entenderlo.
El joven vio a su alrededor a otras personas que escuchaban atentamente. Algunos sonreían. Otros movían la cabeza para indicar que estaban de acuerdo. Había también quienes fruncían el ceño.
-Papá -preguntó el joven-, ¿quiénes son esos hombres que muestran desagrado?
-Son miembros del sanedrín, que es el tribunal judío compuesto por los ancianos, los sacerdotes y los escribas. Algunos dicen que siguen a Jesús a todas partes para reunir información acerca de lo que hace.
Jesús comenzó a hablar acerca de su reino. Dijo que había gente que era prisionera de Satanás, y que él no quería que nadie estuviera en esa condición. Él había venido para libertarlos.
Repentinamente un grito resonó por la sinagoga. El joven se asustó. Nunca había oído nada parecido. Un hombre se adelantó corriendo con los brazos extendidos como si quisiera tocar a Jesús. Pero cuando se aproximaba a él, una fuerza invisible lo detuvo. Era evidente que el hombre luchaba con algo que no se podía ver.
-¿Qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios -dijo el demonio por boca de su víctima, con una voz aterradora (ver Marcos 1: 24).
El joven vio que Jesús extendía sus manos hacia el endemoniado. Parecía que su rostro revelaba tristeza e ira al mismo tiempo.
-¡Cállate, y sal de él! -ordenó Jesús.
El demonio finalmente obedeció. La multitud comenzó a murmurar.
Se preguntaban qué clase de hombre era aquel. Jesús pidió silencio y continuó con el culto de adoración. Esta vez, todos participaban en el servicio.
Cuando terminó la reunión, el joven y su padre salieron de la sinagoga y se dirigieron hacia su hogar. Cada uno pensaba en que había sido bueno que se encontraran en la sinagoga ese día; en un lugar en el que lo malo no podía vencer lo bueno.
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