viernes , 25 septiembre 2026
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Devocional Vespertino 2025

«¿ABANDONADO POR SU PADRE?»

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»

Mateo 27: 46

Por un beso [Jesús] fue entregado en manos de sus enemigos y llevado apresuradamente al tribunal terreno.  La hueste angélica contempló con admiración y pesar a Aquel que había sido la Majestad del cielo y que había llevado la corona de gloria, y ahora soportaba la corona de espinas, víctima sangrante de la ira de una turba enfurecida, inflamada de insana locura por la ira de Satanás. ¡Contemplemos al paciente y dolorido! Las espinas coronan su cabeza. Su sangre fluye de las venas laceradas. 

¡He aquí al opresor y al Oprimido! Una vasta multitud rodea al Salvador del mundo. Las burlas y los escarnios se mezclan con maldiciones y blasfemias. Sobre los hombros de Cristo, el amado Hijo de Dios, se puso la cruz. Cada paso de Jesús quedaba marcado por la sangre que fluía de sus heridas. Rodeado por una inmensa muchedumbre de acerbos enemigos y espectadores insensibles, se lo condujo a la crucifixión. Lo vieron clavado en la cruz, colgado entre los cielos y la tierra. El glorioso Redentor del mundo perdido sufría la penalidad que merecía la transgresión de la ley del Padre, que había cometido el ser humano. Estaba por redimir a su pueblo con su propia sangre.  ¡Oh! ¿Hubo alguna vez sufrimiento y pesar como el que soportó el Salvador moribundo? Lo que hizo tan amarga su copa fue la comprensión del desagrado de su Padre. No fue el sufrimiento corporal lo que acabó tan prestamente con la vida de Cristo en la cruz. Fue el peso abrumador de los pecados del mundo y la sensación de la ira de su Padre. La gloria de Dios y su presencia sostenedora le habían abandonado; la desesperación le aplastaba con su peso tenebroso, y arrancó de sus labios pálidos y temblorosos el grito angustiado: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mat. 27: 46).

En su agonía mortal, mientras entregaba su preciosa vida, tuvo que confiar por la fe solamente en Aquel a quien había obedecido con gozo. Mientras se le denegaba hasta la brillante esperanza y confianza en el triunfo que obtendría en lo futuro, exclamó con fuerte voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Luc. 23: 46). Conocía el carácter de su Padre, su justicia, misericordia y gran amor, y sometiéndose a él se entregó en sus manos.-— Testimonios para la iglesia, t. 2, pp. 187-190.

EL PRECIO DE  LA GRACIA 

Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García

 

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