«Daré a conocer la grandeza de mi santo nombre, el cual ha sido profanado entre las naciones, el mismo que ustedes han profanado entre ellas. Cuando dé a conocer mi santidad entre ustedes, las naciones sabrán que yo soy el Señor». Lo afirma el Señor omnipotente. «Los sacaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los pueblos, y los haré regresar a su propia tierra. Los rociaré con agua pura, y quedarán purificados. los limpiaré de todas sus impurezas e idolatrías»». Ezequiel 36: 23-25, NVI

ES IMPOSIBLE QUE por nosotros mismos logremos salir de las profundidades del abismo de pecado en el que nos hallamos. Nuestro corazón es perverso, y nosotros no lo podemos cambiar. […] La educación, la cultura, la fuerza de voluntad, el esfuerzo humano, tienen su lugar; pero carecen de poder para salvarnos. Pueden producir un cambio externo de la conducta, pero no pueden transformar el corazón. […] Es necesario que haya un poder que obre desde el interior, una vida nueva de lo alto, antes que alguien pueda convertirse del pecado a la santidad. Ese poder es Cristo. Únicamente su gracia puede revitalizar las adormecidas facultades del alma y atraerla a Dios, a la santidad. […]
No basta comprender la amante bondad de Dios ni percibir la benevolencia y ternura paternal de su carácter. No basta discernir la sabiduría y justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando exclamaba: «Ahora bien, sabemos que la ley es buena» (1 Tm. 1: 8, NVI), […] pero, en la amargura de su alma agonizante y desesperada, añadía: «Pero yo soy meramente humano, y estoy vendido como esclavo al pecado» (Rom. 7: 14, NVI). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía alcanzar por sí mismo, y dijo: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Rom. 7: 24). El mismo clamor ha surgido en todas partes y en todo tiempo de corazones cargados de culpabilidad. Para todos ellos hay una sola respuesta: «¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (Juan 1: 29, NVI).
Con sus propios méritos, Cristo creó un puente sobre el abismo que el pecado había abierto, de tal manera que todos podamos tener ahora comunión con los ángeles ministradores. Cristo une con la Fuente del poder infinito a los seres humanos caídos, débiles y desamparados.— El camino a Cristo, cap. 2, pp. 27-29
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Devocional Vespertino Para 2020.
«Conocer al Dios Verdadero»
Por: Elena G. de White
Colaboradores: Pilita Mariscal & Martha Gonzalez
