A nadie le gusta enfermarse. Sin embargo, tiene dos ventajas: no tienes que ir a clases y despiertas compasión en la gente. Mamá va a tocarte a frente y decir: «Pobrecito». Luego, te sienta frente al televisor con un montón de almohadones suavecitos y un vaso grandote de jugo de naranja. Las mamás son geniales. Los papás pueden ser un poco más escépticos. Quieren saber si realmente estás enfermo.
—Déjame ver el termómetro —dicen—. ¿Podremos pedirle a un médico un conteo de glóbulos blancos?
O quizá te pongan a prueba:
—A ver. Intenta llevar esta carretilla llena de ladrillos hasta el otro lado del patio. Si te desmayas, me creo que estás enfermo.
Yo soy padre, y he arrastrado a mi hijo fuera de casa cuando él estaba realmente enfermo. Una vez lo llevé a la Escuela Sabática, y la maestra me dijo: «¿Está loco? Su hijo tiene faringitis. ¡Llévelo de vuelta a casa ahora mismo!».
Aunque los padres pueden ser malos, los hermanos son aún peores. No tendrán compasión de ti a menos que vean sangre. Y no alcanza con solo un par de gotitas. No mostrarán preocupación por ti hasta que la sangre corra lo suficiente como para mancharles la ropa.
Me pregunto por qué es tan importante para nosotros. No alivia el dolor de cabeza como el ibuprofeno. Entonces, ¿de qué sirve? Supongo que como prueba de que le importamos a alguien.
Y cuando necesitamos pruebas de que le importamos a Dios, podemos recordar que se humilló a sí mismo para habitar en un cuerpo como el nuestro. Jesús sabe lo que es tener dolor de muelas o el estómago revuelto. Y, cuando la compasión no es suficiente, podemos recordar que él también es el médico. Kim
«Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores» (Isa. 53:4).
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Tomado de: Lecturas Devocionales de Adolescentes 2020
“Una idea genial”
Por: Kim Peckham
Colaboradores: Esteban Cortes & Antonia H
