«la salvación es de Jehová ¡Sobre tu pueblo sea tu bendición!». Salmo 3:8
DEBERÍAN SER las dos de la madrugada cuando el guía pasó despertando al grupo. Era el gran día. Me había preparado durante varias semanas en mi corazón el sueño de escalar el monte Sinaí algún día. Y ahora era el momento de hacer mi sueño una realidad.
La reunión inicial fue al pie del monte Horeb. Había mucho movimiento aquella madrugada fría de enero. Los beduinos ofrecían el alquiler de un camello por diez dólares. ¿Para qué? – Pensé- estoy preparado para llegar a la cima de la montaña sin ayuda. Pero, la realidad era otra. Una hora más tarde, dolorosamente, descubrí mi incapacidad.
Al comienzo todo marchaba bien. Los camellos subían haciendo zigzag, haciendo el camino más largo; y yo escalaba en línea recta, sacando bastante ventaja al grupo. Algún tiempo después, comencé a sentir síntomas del cansancio. Miraba hacia cada vez más lejos la silueta del monte recortada contra la luna esplendorosa de aquella Mientras tanto, los camellos me iban uno a uno, transportando al grupo.
Mi situación era deprimente. Con todo me rehusaba a pedir ayuda. Casi sin fuerzas, me obstinaba en mi escala solitaria. ¿Qué podría ser? Tenía que llegar a la cima de la montaña, después de todo, yo era el líder espiritual del grupo. Luche. Me esforcé. Traté de llegar solo, pero no lo conseguí. Sin fuerzas, exhausto y hasta avergonzado, acepté humildemente ser cargado por un camello.
Contemplar el amanecer desde el Sinaí fue una de las experiencias más fascinantes de mi vida. En aquella montaña principios de su Ley. A lo largo de mi vida había tratado, muchas veces, como en aquella madrugada, de vivir por mí mismo a la altura de esos elevados principios. Mientras más lo intentaba, tanto más lejos del ideal me veía, hasta que un día, derrotado, exhausto e impotente, entendí que solo podía alcanzar el ideal anhelado con la ayuda del Cristo maravilloso de todos los tiempos. Necesitaba déjame llevar por él. Sin él no hay cristianismo. Sin él no hay vida, ni justicia, ni santidad.
El esfuerzo humano, la disciplina propia, el autocontrol, son arena movediza, engañosa y traicionera. Solo «la salvación es de Jehová ¡Sobre tu pueblo sea tu bendición!».
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Tomado de: Lecturas Devocionales Familiares 2019
«Cada Día Más Sabio»
Por: Alejandro Bullón
Colaboradores: Pili Mariscal & Erika de la Cruz
