viernes , 18 septiembre 2026
Matinal Para Jóvenes 2019

RETRIBUCIÓN

El rey extendió a Ester el cetro de oro que tenía en la mano. Entonces vino Ester y tocó la punta del cetro. Ester 5:2.

Los persas hacían todo en grande: las fiestas, los palacios, los desfiles. Y sus leyes no se podían modificar. Los judíos vivieron exiliados en Babilonia hasta que Ciro, Darío y Artajerjes los liberaron. Esdras, Nehemías y Zorobabel regresaron a Judá junto con todos los que quisieron acompañarlos. Otros se quedaron en Persia expuestos a la maldad de sus enemigos, pero Dios les proveyó una reina judía.

Un día Amán, el primer ministro, calumnió a los judíos porque Mardoqueo, el padre adoptivo de la reina Ester, no se inclinaba a su paso como hacían los demás. Sabía que era judío y lo acusó de subversión, pero también a su pueblo. Asuero le creyó y promulgó un decreto de muerte redactado por Amán.

Mardoqueo le pidió a Ester que intercediera por su pueblo. Pero había un impedimento: ella no tenía cita con él. Si entraba en su presencia sin permiso, según la ley sería ejecutada, a menos que el rey le extendiera el cetro en señal de bienvenida.

Mardoqueo insistió que interviniera. Entonces la reina entendió por qué estaba ahí: para salvar a su pueblo. Junto con sus doncellas oró y ayunó durante tres días, y luego se dirigió a la sala del trono con estas palabras en sus labios: «Si perezco, que perezca» (Est. 4:16).

El rey estaba en la sala del trono cuando de pronto entró la reina. Había estado tres días en audiencia con un rey mejor, Dios, y su rostro brillaba con la gloria divina. El monarca le extendió el cetro y ella lo invitó a un banquete junto con Amán.

La reina salió feliz y esperanzada, y Amán también: No solo era el favorito del rey, también lo era de la reina. Amán le contó a su esposa Zeres y a sus amigos del privilegio de comer con el rey, pero también de su amargura al pasar frente a Mardoqueo. La mujer le aconsejó que levantara en su casa una horca de cincuenta codos [22 metros] de altura para Mardoqueo.

La trampa estaba puesta.

No es bueno poner trampas. Podemos caer en ellas. Dios es el árbitro de la humanidad, y ha determinado que las trampas atraigan a sus creadores.

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Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2019
«Volando Alto»
Por: Alfredo Campechano
Colaboradores: Abiur Juárez & Nay Badillo

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