«Un mandamiento nuevo les doy: Que se amen unos a otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros». Juan 13: 34, RVCA
HAY ALGUNOS QUE ALBERGAN un espíritu de envidia y de odio contra sus hermanos y a eso lo llaman Espíritu de Dios. Hay quienes no son más que correveidiles, que andan acusando y condenando, manchando reputaciones y alentando la malicia en los corazones. Llevan informes falsos a las puertas de sus vecinos, que al escuchar las cae lumnias, pierden el Espíritu de Dios. Ni siquiera se salva el mensajero de Dios, que lleva la verdad al pueblo.
Este pecado es peor que el de Acán. Su influencia no queda restringida a aquellos que lo practican. Es una raíz de amargura, por la cual muchos son contaminados. El Señor no podrá bendecir a la iglesia mientras no se vea libre de este mal que corrompe las mentes, los espíritus y las almas de los que no se arrepienten y cambian su conducta .
El que sea renovado de acuerdo con el Espíritu de Cristo amará no solamente a Dios; amará también a sus hermanos. A los que cometen errores hay que tratarlos en armonía con las indicaciones dadas en la Palabra de Dios. «Amados hermanos, si otro creyente está dominado por algún pecado, ustedes, que son espirituales, deberían ayudarlo a volver al camino recto con ternura y humildad. Y tengan mucho cuidado de no caer ustedes en la misma tentación» (Gál. 6: 1, NTV).
Hemos de denunciar el mal en forma clara y contundente, pero antes de hacerlo tenemos que estar seguros de que el propio denunciante no esté alejado del Señor por su propia mala conducta. El que redarguye ha de estar en condiciones de restaurar, con espíritu de mansedumbre, al que ha errado. A menos que pueda hacerlo, no debiera intentar corregir o reprobar a sus hermanos, porque originará dos males en lugar de subsanar uno.
Los cristianos hemos de ser sumamente cuidadosos en el trato con aquellos que han sido comprados con la sangre de Cristo. No olvidemos nunca la oración que ofreció el Salvador justamente antes de dejar a sus discípulos en aquella larga lucha en el jardín de Getsemaní (Juan 17). Tengamos siempre bien presente el alto valor que Cristo ha adjudicado a cada ser humano hijo suyo al haberlo adquirido al precio de su propia vida. Hay muchos que parecen estar dispuestos a herir y lastimar los corazones de sus hermanos. ¿Están acaso siguiendo así el ejemplo que Cristo nos dejó? ¿Dónde se encuentra, en el registro del trato de Cristo con todo el mundo, algo que justifique mostrar escasa comprensión y poca tolerancia con nuestros hermanos? […]
Lo que distingue a los cristianos de los mundanos es la manifestación de la semejanza a Cristo, la cual, mediante la pureza de su influencia, limpia el corazón de egoísmo.—Manuscrito 52, 18 de abril de 1902, «Fragmentos».
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Devocional Vespertino Para 2019.
“Alza Tus Ojos”
Por: Elena G. de White
Colaboradores: Lisseth Orduz & Michelle Ramírez
