Aconteció en el año treinta, en el mes cuarto, a los cinco del mes, que estando yo en medio de los cautivos, junto al río Quebar, los cielos a abrieron y vi visiones de Dios.
Ezequiel 1: 1
Ezequiel era un joven de solamente 24 años de edad cuando vió que los cielos se abrían delante de él, a orillas del río Quebar. ¿Qué hacía un joven de esa edad junto al río? Ezequiel estaba sólo. Disfrutaba de las horas maravillosas de comunión con Dios. Había aprendido aprendido estar a solas con su Padre. En las horas de recogimiento, de meditación y oración; en las horas de contemplación del carácter de Jesús es donde los cielos de abrirán ante nosotros.
El versículo 3 dice que «vino allí sobre él la mano de Jehová». ¿Cómo puede fracasar un hombre sobre quien está la mano del Señor? ¿De quién viene su fuerza? ¿En quién descansa su confianza?
Al abrirse los cielos ante sí, Ezequiel tuvo una visión maravillosa que nunca había imaginado. Esta es la recompensa para los que aprenden a gastar tiempo en compañía de Jesús. De repente los ojos se abren a nuevas dimensiones de la vida, nunca antes soñadas.
Cuando Ezequiel tuvo la visión, estaba en medio de los cautivos. Todo el mundo estaba preso a su alrededor. No había libertad, nadie podía ir a donde quería. Los pueblos estaban vigilados y controlados. Pero ninguna prisión fue incapaz de impedir que Ezequiel quedara a solas con Dios y tuviese la visión.
Los hombres pueden prender nuestro cuerpo, pero no pueden aprisionar nuestro corazón. Los hombres pueden impedirnos ir y venir, pero no pueden sacarnos el derecho de soñar.
Aún en medio de un mundo prisionero del pecado, podemos buscar nuestro río Quebar y quedar a solas con Dios. Las corrientes de la mediocridad, de la religiosidad puramente exterior, de la hipocresía, junto con las cadenas de los vicios, la promiscuidad y la incredulidad, pueden aprisionar a todo el mundo a nuestro alrededor, pero no existe nada que sea capaz de impedirnos estar a solas con Jesús y ver el cielo abierto. ¿Abierto para qué?
«Abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde» (Malaquías 3: 10; RVR 1960), es la promesa divina. ¿Puede existir mayor bendición que la paz que inunda el corazón de alguien que aprendió a andar con Jesús?
Dios está invitando a sus hijos a esa maravillosa experiencia de amor. El quiere que el ser humano aprenda a disfrutar ese compañerismo divino, y que, como resultado, viva una vida de obediencia auténtica a los principios eternos de su santa ley.
¿Dónde queda tu río Quebar? ¿En tu sala? ¿En tu oficina? ¿En tu dormitorio? ¿Debajo de un árbol en el patio de tu casa?
El lugar no importa, lo que importa es que tengas tu río Quebar, de donde puedas ver los cielos abiertos, diariamente.
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Matinal Para Toda La Familia 2018.
“A Solas Con Jesus”
Por Alejandro Bullón
