«Algún tiempo después cayó enfermo el hijo de la viuda, y su enfermedad fue gravísima, tanto que hasta dejó de respirar». 1 Reyes 17: 17, DHH
SUCEDIÓ QUE EL HIJO de la viuda enfermó de gravedad y falleció. Era su único hijo y la única compañía con la que contaba para la vejez. Con el corazón compungido y llena de dudas, la mujer le dijo a Elías: «¿Qué tengo que ver yo contigo, varón de Dios? ¿Has venido aquí a recordarme mis pecados y a hacer morir a mi hijo?» (l Reyes 17: 18).
La reacción de aquella mujer es muy comprensible. A menudo nos echamos la culpa a nosotros mismos y a nuestros pecados por las desdichas que nos hieren. Seguramente la viuda se hizo muchas preguntas: «¿Qué hice para que mi hijo enfermara?». «¿Qué pecado causó esta calamidad en mi vida?». Es cierto que muchas veces el dolor y el sufrimiento resultan de las elecciones pecaminosas que hacemos, pero también es cierto que otras veces las desgracias vienen sin razón aparente. Todos afrontamos tragedias inesperadas e inexplicables; es parte de lo que supone ser seres caídos que viven en un mundo caído. ¿Cómo podemos aprender a confiar en Dios y amarlo, aun en medio del dolor?
Elías, en silencio, tomó en sus brazos el cadáver del chico y clamó a Dios: «»Jehová, Dios mío, ¿también a la viuda en cuya casa estoy hospedado vas a afligir, haciendo morir a su hijo?» . ] Jehová, Dios mío, te ruego que hagas volver el alma a este niño». Jehová oyó la voz de Elías, el alma volvió al niño y éste revivió» (1 Reyes 17:20-22).
En el ruego de Elías podemos percibir que el profeta tenía una relación muy íntima con Dios, y aunque no entendía por qué había permitido que el niño muriera, sabía que su relación íntima con el Señor le permitiría experimentar mejor su poder.
Alimentemos cada día nuestra relación personal con Dios y clamémosle ante las situaciones difíciles, pues él nos escuchará.
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Adultos 2018
“Fuentes De Vida¨
Por: David Javier Pérez
