Nosotros no somos los dueños de su fe; lo que queremos es colaborar con ustedes, para que tengan alegría, pues ustedes ya están firmes en la fe, 2 Corintios 1 : 24.
El algodoncillo común es bien conocido en América, pues es originario de este continente. Los primeros colonos europeos llevaron algunas de estas plantas a Europa, donde el gran botánico sueco Carlos Linneo las clasificó.
Esta planta tan común tiene hojas gruesas y amplias, que se encuentran en extremos opuestos de tallos cubiertos de pelos finos y blancuzcos. El algodoncillo alcanza uno o dos metros de altura. Existen otras 25 especies pero con características algo distintas.
El algodoncillo común secreta una curiosa savia blanca o leche, misterio de la naturaleza que ha interesado a chicos y grandes durante generaciones. Thomas Edison y otros experimentaron para usarla como sustituto del caucho, pero no tuvieron éxito.
Los indígenas de Norteamérica aplicaban la leche directamente sobre las verrugas y la usaban en cataplasmas para controlar la tiña. También se usaba como remedio para varias enfermedades intestinales, y se creía que una mezcla de raíz de algodoncillo y hojas de malvavisco, ingerida en té varias veces al día, curaba los cálculos biliares. Igualmente se tenía la idea de que ese té ayudaba con la hidropesía, el asma y la fiebre. La mayoría de las partes del algodoncillo son comestibles si se eligen y preparan en el momento apropiado.
He usado las sedosas semillas que salen del capullo seco del algodoncillo como fondo para montar mariposas. Quité las semillas y usé la hermosa seda en vez del algodón.
Dios desea que todos nosotros seamos tan útiles para la humanidad como el algodoncillo. Deberíamos buscar oportunidades para ayudarnos mutuamente. Pide a Jesús hoy que te muestre cómo puedes ayudar.
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Tomado De: Lecturas Devocionales Para Menores 2018.
“Un Planeta Increible”
Por: Charles C. Case
