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«El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, […] de un solo hombre hizo todas las naciones, para que vivan en toda la tierra» (Hech. 17: 24-26).
HACE CINCUENTA AÑOS, un hombre tuvo un maravilloso sueño a favor de la justicia y la paz: «Sueño que mis hijos vivan algún día en un país en el que no se los juzgue por el color de su piel, sino por la calidad de su carácter. […] Sueño que algún día los valles sean cumbres, y las colinas y montañas sean llanos; los sitios más escarpados sean nivelados y los torcidos enderezados, y la gloria de Dios revelada. Y se unirá todo el género humano».*’Ese hombre se llamaba Martin Luther King, Jr., y perdió la vida por su sueño. Desde entonces muchas personas han tomado el testigo y algunas montañas se han allanado, pero falta mucho todavía para la unidad humana.
No sé tú, pero yo comparto ese viejo sueño; porque es bíblico, porque «el Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, […] de un solo hombre hizo todas las naciones, para que vivan en toda la tierra» (Hech. 17: 24-26). No solo por nacimiento, sino también por redención, somos todos iguales, porque en Cristo «ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos somos uno solo» (Gal. 3: 28, NVI). Si mi Dios es el Dios de todos los seres humanos, ¿cómo podría sentirme yo superior o inferior a nadie? Tú y yo somos hermanas; tengamos el color que tengamos.
A mí me gusta soñar despierta. Inspirada por mis sueños, puedo anticipar cosas que deseo, y enfocar mi vida hacia su consecución. Inspirada por este sueño de igualdad puedo encauzar mi vida de tal modo que encaje con mi profundo deseo de no discriminación. El punto de partida no puede ser otro que el amor.
«Se han erigido paredes de separación entre los blancos y los negros. Estas paredes de prejuicios se desplomaran como las murallas de Jericó, cuando los cristianos obedezcan la Palabra de Dios, que ordena amor supremo al Hacedor y rumor imparcial al prójimo» (Recibiréis poder, p. 339). Ahí está el mazo que hemos de tomar para continuar la demolición practicada por Pablo de Tarso, Elena G. de White o el doctor King, entre muchos otros.
Amemos cada día sin discriminar, demoliendo todo muro de separación y anticipando esa ocasión en que «una gran multitud de todas las naciones, razas, lenguas y pueblos [esté] en pie delante del trono y delante del Cordero, y eran tantos que nadie podía contarlos» (Apoc. 7: 9).
“Cristo vino para demoler todo muro de separación.” – Ellen G. White
* John Stott, La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos (Míchigan: Desafío, 1999), pp. 235 -254.
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Tomado de: Lecturas devocional es para Damas 2016
“Ante todo ser cristiana”
Por: Mónica Díaz
