[soundcloud id=’244525915′ autoPlay=’true’ color=’#ff7ad9′]
«Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian» (Luc. 6:27)
Un hombre que había sido prisionero de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia. «¿Has olvidado ya a los nazis?», le preguntó. «Sí», respondió su amigo. «Yo sigo odiándolos con toda mi alma». Con lástima, el amigo le dijo: «Entonces, aún siguen teniéndote prisionero».
A veces, los muros que nos aprisionan están en nuestra mente. Sí, han existido razones reales para levantarlos, pero el problema es que esos muros nos van llevando a perder la libertad, y nos hacen prisioneros del resentimiento. Por causa de un trato inapropiado que hemos recibido de una amiga, le ponemos una barreta creyendo que la merece, pero nos limita tanto a nosotras como a ella; por las palabras hirientes de una hermana de iglesia le colgamos la etiqueta de «enemiga», y no nos damos cuenta de que nuestros enemigos no son quienes nos tratan mal, nos rechazan o nos odian, sino el odio y el rechazo en sí mismos.
El amor cristiano no es cuestión de sentimientos, opiniones, ni de «caer bien o mal». Si fuera así, Jesús no podría habernos dicho: «Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian» (Luc. 6:27), porque él no pide imposibles. El verdadero amor se basa en decisiones racionales: yo decido amar, así como Dios me ama sin sentimentalismos ni condiciones, a pesar de que no soy perfecta: «Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5:8). Esa clase de amor incondicional, de libertad suprema, solo puede producirla en nosotros el Espíritu Santo.
Tal vez somos prisioneras del resentimiento, el prejuicio o el rechazo, y deseamos ser libres de esas cadenas mentales. Entonces decidamos seguir los pasos del Maestro y dar amor a quien se encuentre en nuestro camino, sea que nos haya tratado bien o mal, que lo merezca o no (según mi opinión). Dios honrará esa decisión dándonos poder para llevarla a la práctica. Entonces saldremos de nuestra prisión, no en libertad condicional (porque el amor de Dios no tiene condiciones), sino libres para toda la vida, esta y la eterna.
“No permitiré que nadie me arrastre tan bajo que llegue a odiarlo” – Booker T. Washington
Tomado de: Lecturas devocional es para Damas 2016
“Ante todo ser cristiana”
Por: Mónica Díaz
