Oh, hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? (Mat. 14:1)
La vida no está compuesta toda de gratos pastaderos y frescos arroyuelos. Nos
asedian las pruebas y los desalientos; llegan las privaciones; nos vemos sometidos a duras
pruebas. Atormentada nuestra conciencia, suponemos que nos apartamos mucho de Dios, y
que si hubiéramos andado con él no habríamos sufrido de esa manera. Nos abruma la duda
y el desaliento y decimos: El Señor nos ha defraudado, hemos sido maltratados. ¿Por qué
permite que suframos en esta forma? No puede amarnos; si así fuera apartaría las
dificultades de nuestro camino…
No siempre nos transporta a lugares placenteros. Si así lo hiciera, dada nuestra
suficiencia nos olvidaríamos de que él es nuestro ayudador. El anhela manifestarse ante
nosotros, y revelar las abundantes provisiones que están a nuestra disposición; y permite
que las pruebas y los chascos nos agobien para que podamos comprender cuán poca cosa
somos, y aprendamos a acudir a él en busca de socorro. El puede conseguir que fluyan
arroyos refrescantes de la dura roca.
Hasta que estemos cara a cara frente a Dios, y veamos y conozcamos como somos
vistos y conocidos, no sabremos cuántas cargas él llevó por nosotros, cuántas más habría
estado dispuesto a soportar si se las hubiéramos llevado con la fe de un niño…
El amor de Dios se revela en todo su trato con su pueblo; y en medio de la
adversidad, los desengaños, la enfermedad y las pruebas, con visión nítida y despejada
debemos contemplar la luz de su gloria en el rostro de Cristo, y confiar en su mano
guiadora. Pero con demasiada frecuencia contristamos su corazón con nuestra
incredulidad…
Dios ama a sus hijos, y anhela verlos vencer el desaliento, arma que Satanás usa para
adueñarse de ellos. No demos lugar a la incredulidad. No magnifiquemos nuestras
dificultades. Recordemos el temor y el poder que Dios reveló en lo pasado. (ST, 12-12-
1906) (13)
Devocional Vespertino
“Mi Vida Hoy”
Enero – Una vida consagrada
Por: Elena G. de White
