Alaba, alma mía, al Señor; alabe todo mi ser su santo nombre. Alaba, alma mía, al Señor y no olvides ninguno de sus beneficios (Salmo 103: 1, 2).
No sé cómo comenzó tu día. Es posible que alguna sombra te haya producido miedo, tristeza y duda.
En la historia del pueblo de Dios en el desierto, hay varios ejemplos de cómo actuaron frente a los obstáculos. Normalmente murmuraban, dudaban y expresaban su descontento añorando la vida en Egipto. Eso los enceguecía cada vez más y no los dejaba notar la manera milagrosa y amorosa en la que Dios los guiaba.
Muchas veces actuamos también así frente a los problemas, ¿no es cierto? ¿Será que dudar de Dios es el mejor camino? ¿Tenemos, de hecho, motivos para ser desagradecidas y desconfiar de Dios? ¿Somos o no sus hijas? Si lo somos, debemos creer que, a pesar de que estamos en un mundo de pecado y sujetas a los asaltos del mal, Dios siempre tiene un designio para los reveses que nos suceden.
Tenemos en Jesús al mejor amigo. El Cielo está mucho más interesado en nuestro bienestar de lo que nos imaginamos. Cuando damos lugar a la duda y a la ansiedad, entristecemos al Espíritu Santo de Dios.
A veces, nos sobrecargamos con responsabilidades, las cuales no hacen más que transformarse en nuestra mayor preocupación en la vida. Frente a ellas, nos sentimos impacientes y dejamos de confiar en Dios.
Nuestra vida no se limita a lo que nos sucede aquí en la tierra. Por eso, no es la voluntad de Dios que nos sobrecarguemos de cuidados. Ya tenemos suficientes peligros en nuestro camino, que distraen nuestra atención de las cosas de lo alto.
Ante todo lo que Dios ya hizo por nosotras, tenemos grandes motivos para que nuestra fe sea fuerte, creciente y duradera. En lugar de reclamar, dudar y volvernos débiles, ¡alabemos al Señor, como el salmista nos invita a hacer en el versículo de hoy! Y así, como Dios jamás olvidó las necesidades de Israel, también estará atento a nuestras necesidades. Si él permite que experimentemos reveses, es para que ejercitemos nuestra confianza en él.
¡Bendice al Señor, aun cuando tus ojos no divisen la respuesta! Y no te olvides de ninguno de sus beneficios.
