«DIFERENTE»
POR: MILTON ANDRADE
Colaboradores: Isaí Cedano y Karla González
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«Les digo que vendrán muchos del Oriente y del Occidente; y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos».
Mateo 8:11
Cuando estudio la Biblia con la gente, generalmente alguien pregunta: «Pastor, ¿reconoceremos a nuestros familiares y amigos en el cielo?». Yo respondo: «¿Por qué no? Tendremos la eternidad para conversar unos con otros y reencontrarnos con personas queridas».
La Biblia afirma que, en la venida de Jesús, tanto los creyentes resucitados como los justos transformados tendrán un cuerpo revestido de inmortalidad (1 Cor. 15:52; 1 Tes. 4:16, 17). Pero fíjate en lo siguiente: ¡tendrán un cuerpo! Esto podemos verlo en Lucas 24:36 al 43. Después de resucitar, Jesús se apareció a los discípulos e incluso comió con ellos. Al verlo, se sorprendieron y pensaron «que veían un espíritu» (vers. 37). Pero Jesús les dijo: «Miren mis manos y mis pies; que soy yo mismo. Palpen y vean, que un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo» (vers. 39).
Al ser Jesús el «primogénito de los muertos» (Apoc. 1:5, RV95), es decir, el primero en importancia, su resurrección sirve de modelo para la resurrección de todos los justos. Así como Cristo ascendió al cielo con un cuerpo glorificado, nosotros también tendremos un cuerpo transformado (Fil. 3:20, 21). De esta manera, viviremos normalmente en el Paraíso, donde reconoceremos a las personas que amamos e incluso nos alimentaremos de los manjares del antiguo Edén.
En Mateo 26:29, Cristo les dijo a los discípulos que no bebería del fruto de la vid hasta el día en que pudiera beberlo nuevamente con ellos en el Reino de Dios. En el cielo, seremos personas reales y no espíritus desencarnados. ¿Te imaginas que al ir allí abrazáramos a un ser querido y nuestros brazos atravesaran el «espíritu» de esa persona? ¿O tomáramos un jugo de uva y el líquido no se quedara en el estómago? ¡La vida sería muy extraña!
Si conoceremos a Abraham, a Isaac y a Jacob, es obvio que reconoceremos a nuestros seres queridos. Dios preservará nuestra individualidad y nuestros rasgos de personalidad. Ningún salvo sufrirá un «lavado de cerebro». Aunque perfectos incluso en carácter, nuestra identidad permanecerá.
¿Quieres estar allí en ese día? ¿Deseas sentarte a la mesa con los héroes de la fe y con tus seres queridos? ¡Entonces prepárate! Cerca de Jesús, todos seremos ilustres conocidos.
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