Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.» Lucas 19:10
En la actualidad, vemos con frecuencia noticias sobre corrupción en un país. Todo tipo de robo causa indignación. Al fin y al cabo, a nadie le gusta que le quiten lo suyo.
El Evangelio de Lucas cuenta la historia de un ladrón sofisticado llamado Zaqueo, cuyo nombre significa «puro». Aunque era de baja estatura, era un gigante en lo que respecta a la astucia. Su función era liderar a los recaudadores de impuestos, gente de pésima reputación entre los judíos, ya que le quitaban el dinero al pueblo y se lo entregaban «en bandeja de plata» a Roma. Para empeorar la situación, Zaqueo cobraba los tributos de manera ilícita.
La ciudad de este pequeño gran ladrón era Jericó, un importante centro comercial que servía de puerta de acceso para quienes cruzaban el río Jordán. Zaqueo vio allí grandes oportunidades para hacerse rico. Siendo una especie de empleado del «Ministerio de Hacienda», lideraba un extenso esquema de tributación impía y lucrativa.
Sin embargo, a pesar de tener los bolsillos llenos, Zaqueo tenía el corazón vacío. El dinero no le traía paz, ni buena fama, y mucho menos pureza. Sin embargo, su vida dio un giro el día en que decidió subirse a un árbol para ver quién era Jesús.
Cuando Cristo pasó, miró hacia arriba y dijo:
«¡Zaqueo, desciende de prisa, porque conviene que hoy me hospede en tu casa!» (Lucas 19:5)
¡Imagino la alegría de Zaqueo al escuchar su nombre pronunciado por el único Ser puro en este planeta! No sabía que, antes de buscar a Jesús, el mismo Maestro ya lo estaba buscando (vers. 10). Jesús, entonces, se invitó a sí mismo a visitar a Zaqueo y este, a su vez, se convirtió en el invitado en su propia casa.
Después de creer en el Salvador y arrepentirse de sus pecados, Zaqueo prometió restituir a todos los que había defraudado. La ley exigía la restitución del capital con un 20 % de intereses (Lev. 6:5; Núm. 5:7), pero Zaqueo prometió pagar la indemnización máxima, la misma que se aplicaba a los ladrones (Luc. 19:8; Éxo. 22:1). ¡Qué transformación tan extraordinaria!
Cuando Jesús entra en nuestra casa, todas las áreas de la vida se organizan: las prioridades, las relaciones y, sobre todo, el carácter. ¿Deseas que Jesús haga lo mismo contigo?
«DIFERENTE»
POR: MILTON ANDRADE
Colaboradores: Isaí Cedano y Karla González
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