«DIFERENTE»
POR: MILTON ANDRADE
Colaboradores: Isaí Cedano y Karla González
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«Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer pan, y si tiene sed, dale de beber agua; porque así amontonarás brasas sobre su cabeza y el Señor te recompensará». Proverbios 25: 21,22, BA
A principios de su reino. En el famoso Sermón del Monte, el Maestro presentó una noción más plena, profunda y espiritual de su Ley. Él dijo: «Ustedes han oído que se dijo: «Amaa tu prójimo y odia a tu enemigo». Pero yo digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen» (Mat. 5: 43, 44, NVI)
Estas palabras fueron un balde de agua fría sobre la cabeza de muchos oyentes. Ellos querían escuchar sobre fuerza militar y justicia especialmente contra el poder romano. ¿Cómo podían amar a los enemigos?! ¿Debían amar y orar por aquellos que los perseguían y les cobraban impuestos altísimos? i Justamente eso! Jesús mostró que, en el reino de Dios, los enemigos deben ser amados, perdonados y aceptados. El imperativo «amen a sus enemigos» no se negocia, ni siquiera es una opción para cuando convenga, i es una orden! Y si Cristo lo mandó, significa que es posible obedecer.
En las Escrituras, encontramos varios textos que enseñan a hacer el bien a los enemigos. El Antiguo Testamento dice: «Si encuentras extraviado el buey o el asno de tu-enemigo, vuelve para llevárselos» (Éxodo. 23: 4). Y el apóstol Pablo agrega lo siguiente: «Bendigan a los que los persiguen […]. No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien» (Rom. 12: 14, 21).
Salomón también afirmó que, si hacemos el bien a nuestro enemigo, amontonaremos «brasas sobre su cabeza» (Prov. 25: 22, LBLA). Es probable que esta metáfora provenga del método de fundir metales en tiempos antiguos.
En el horno no solo había una capa de brasas encendidas sobre las cuales se colocaba el mineral, sino que también se ponían brasas ardientes encima. Esto ayudaba a ablandarlo y así era más fácil separar la escoria del metal.
Esta figura del lenguaje nos muestra que, al hacer el bien a nuestros enemigos, estaremos ayudándolos a reconocer sus propios defectos y fallas de carácter. Y aunque esa transformación no ocurra, Salomón nos dejó la promesa: <«El Señor te recompensará». Nuestro papel es amar.
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