«Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.
Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama, se le abre»
Lucas 11: 9, 10.
Imagina la siguiente escena. Anochece y una pareja cierra las puertas de su casa, atiende a los niños y, finalmente, se van a la cama. Apagan la luz y se disponen a dormir. A medianoche, alguien llama a la puerta. Por causa de la insistencia del que llama, el hombre se asoma a la ventana para ver de quién se trata: es el vecino de enfrente.
«¿Qué habrá pasado para que venga a llamar a nuestra puerta a esta hora?», piensa el hombre. Somnoliento, va a atender al vecino, que le pide tres panes. Aparentemente, tiene visita en casa y no está preparado para ofrecerle nada. «Ven otro día, que ahora ya estamos todos durmiendo», le dice el hombre. Pero el vecino insiste. ¿Qué harías tú si estuviéras en esa situación?
Hagamos una pausa para entender el contexto de esta historia bíblica, pues tiene que ver con la oración, cosa que no resulta evidente a primera vista.
El hábito de Jesús de orar y meditar causaba profunda impresión en sus discípulos, Un día, tras una breve ausencia del Maestro, lo encontraron absorto suplicando al Señor. Aparentemente inconsciente de la presencia de ellos, Jesús siguió orando en voz alta. El corazón de los discípulos fue conmovido hasta tal punto que, cuando Jesús terminó de orar, le pidieron que les enseñara a orar así como él oraba. Solícitamente, Jesús les enseñó la oración conocida como el Padrenuestro, e ilustró la lección que deseaba enseñarles con esta parábola que te acabo de contar, del vecino que pide pan para suplir las necesidades de un cansado amigo. Su compasión por su amigo lo llevó a importunar al vecino. Aunque este reaccionó mal, él insistió hasta recibir lo que necesitaba.
A diferencia del vecino egoísta que atendió la insistencia para verse libre de alguien que lo incomodaba, nuestro Dios atiende nuestras peticiones de manera solícita y lleno de compasión. Y lo que nos da, nos lo da para que sirvamos y ayudemos a otros y, de ese modo, nos asemejemos a Jesús.
Lo mejor que Dios nos promete es su Espíritu, que nos es dado para glorificarlo a él por medio de nuestra cooperación en pro de la salvación de los pecadores. Las bendiciones que suplicamos a Dios debemos compartirlas con otros. Pedimos sanidad, bienes materiales y la solución para nuestros problemas, pero Jesús nos dice que busquemos primero su reino demás nos será añadido.
Oremos por el Espíritu Santo y cumplamos nuestra misión como colaboradores de Dios en la salvación de nuestro prójimo. El Señor nos añadirá todo lo demás.
Lecturas Devocionales para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.
