«En esta casa no hay nadie más importante que yo. Mi patrón no me ha negado nada, excepto usted, que es su esposa. ¿Cómo podría yo cometer tal maldad y pecar así contra Dios?»
Génesis 39:9.
¿Has escuchado alguna vez el cantito infantil cuya letra dice: «Cuidadito, mis manitas, lo que tocan; cuidadito, mis manitas, lo que tocan; pues conmigo está el Señor y me mira con amor, cuidadito„ mis manitas, lo que tocan»? Recuerdo que yo lo cantaba mucho cuando era niña.
No creo que la intención del compositor de este cantito fuera mostrar a Dios como un tirano que está mirando todo lo que hacemos mal para condenarnos. Interpretaciones aparte, lo cierto es que no podemos perder de vista la omnipresencia divina; no debemos olvidar que no hay nada que podamos esconder de él. Dios todo lo sabe y todo lo ve, aunque no porque quiera condenarnos, sino porque quiere salvarnos de nosotros mismos y de nuestra naturaleza pecaminosa.
José, un joven puro y de hermosa apariencia, estaba siendo tentado súbita, fuerte y seductoramente por la esposa de su señor. Si se resistía, corría el riesgo de ser condenado a prisión y, tal vez, incluso a muerte. Si cedía, posiblemente recibiría favores y recompensas, aunque, por supuetsto, con el estrés de encubrir lo sucedido. ¿Qué haría José? ¿Daría la victoria a los principios que tan bien conocía y que guiaban su vida? Elena G. de White, en Patriarcas y profetas describe así ese momento: «Los ángeles presenciaban la escena con indecible ansiedad» (cap. 20, pág. 210). José se mantuvo firme en sus principios. No traicionaría a su señor en la tierra, y, fueran cuales fueran las consecuencias, sería fiel a su Señor en el cielo.
Si habitualmente tuviéramos la impresión de que, donde sea que estemos y lo que quiera que hagamos, nos hallamos en la presencia de Dios que ve y oye todo lo que hacemos o decimos y conserva un registro fiel de nuestras palabras y acciones, tendríamos más recelo de pecar.
Podemos transgredir las leyes humanas sin ser descubiertos, pero es diferente con la ley de Dios. Cada acción, cada palabra, cada pensamiento, e incluso los motivos más íntimos de nuestro corazón son percibidos por un Testigo invisible. Él no está atento para condenarnos, sino porque desea ardientemente transformar nuestro carácter a su semejanza para que, muy pronto, estemos con él en el lugar perfecto que nos está preparando.
El argumento definitivo y más poderoso de José para no pecar fue su temor a Dios. Porque el pecado ofende al Señor. José tenía plena consciencia de la presencia divina. Tengamos nosotras también ese sentido de la presencia de Dios y, cuando seamos tentadas, digamos:
«¿Cómo podría yo cometer tal maldad y pecar así contra Dios?».
Lecturas Devocionales para Damas 2026
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Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.
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