Referencia
Jonás 1: 10-17; 2:1-20; Profetas y Reyes, Pp. 200, 201
¿Alguna vez te han pedido que hagas algo que realmente no quieres hacer? Tratas de olvidarlo o ignorarlo. Pero finalmente lo tienes que hacer. Entonces ya sabes cómo se sintió un amigo de Dios.
Jonás había huido de Dios. No le importaba a dónde iba, con tal de que fuera lo más lejos posible de Nínive. Ahora se encontraba viajando en un barco rumbo a Tarsis, [España] que quedaba muy, muy lejos de Nínive.
¡Cuán errado estaba Jonás! Dios sabía exactamente dónde estaba y qué estaba haciendo. Dios envió una terrible tormenta que amenazaba con hundir el barco. Los marineros estaban aterrorizados. Nunca habían visto una tormenta como esa.
Al hacerle preguntas a Jonás, echaron la suerte y supieron que el Dios de Jonás había enviado la tormenta. Jonás lo admitió. Entonces le preguntaron:
—¿Qué has hecho? ¿Por qué está tan enojado tu Dios contigo?
—Estoy huyendo de algo que quiere que haga —les contestó Jonás—. Dios desea que vaya a Nínive, pero es un lugar muy malo. No quería ir allí, así que me escapé del Creador de la tierra y el mar. La única forma de calmar esta tormenta es que me arrojen del barco.
—¡Nunca!, no podemos hacer eso —dijeron los marineros—. No te arrojaremos al mar. ¡Te morirías!
Pero las olas crecieron más y más. El viento sopló aun más fuerte. Los relámpagos brillaban en el cielo y los truenos rugían de una manera que nunca habían visto antes. Los marineros trataron más firmemente de llevar el barco a la orilla, pero no pudieron hacerlo.
—¿Estás seguro que si te tiramos al agua se va a calmar esta terrible tormenta? —le preguntaron a Jonás los marineros.
—Sí —respondió Jonás—, deben tirarme por la borda.
Los hombres le creyeron a Jonás y le rogaron a Dios: «No nos hagas culpables de matar a este hombre». Entonces arrojaron a Jonás al mar.