«Quedarás cubierto de vergüenza y destruido para siempre, por haber maltratado y matado a tu hermano Jacob. Cuando el enemigo saqueó las riquezas de la ciudad, cuando los soldados extranjeros rompieron las puertas de Jerusalén, ¡tú te hiciste a un lado!. Cuando se rifaron sus despojos y se llevaron sus riquezas, ¡tú te portaste como uno de ellos! No debiste alegrarte de ver a tu hermano en el día de su desgracia, ni debiste alegrarte de ver a Judá en el día de su ruina, ni debiste burlarte de ellos en el día de su angustia»
Abdías 1: 10-12.
Abdías es un libro bíblico que contiene solo 21 versículos en un único capítulo. No se sabe a ciencia cierta en qué periodo de la historia fue escrito ni quién fue Abdías (en hebreo ovadiá, que significa «siervo de Yahveh>), pero lo cierto es que el libro contiene un mensaje poderoso para nuestra reflexión esta mañana.
A pesar de que Jacob y Esaú hicieron las paces en vida, sus descendientes continuaron con la riña. Los edomitas, de la familia de Esaú, y los israelitas, de la familia de Jacob, mantenían una relación destructiva a pesar de ser parientes. Cierto día, debido a los errores cometidos por el pueblo judío, el Señor los entregó en manos de Nabucodonosor y fueron llevados cautivos. Sin embargo, a Dios le desagradó la actitud que mostraron los edomitas al ver la ruina de sus hermanos. Ellos hicieron tres cosas:
1) se quedaron mirando,
2) se alegraron por la destrucción de su hermana Judá, y
3) se regodearon de la derrota de esta.
Es decir, los edomitas no se conformaron con ver y con alegrarse, sino que se llenaron la boca de injurias y burlas hacia sus hermanos. Además, atraparon a los que escapaban y los entregaron al enemigo. Dios condenó el orgullo de Edom y prometió eliminarlos para siempre.
Con frecuencia encontramos este tipo de comportamientos entre miembros de una familia sanguínea o de la familia cristiana. Los celos y los problemas del pasado son traídos al presente, de manera que cuando vemos sufrir al hermano, ya sea como consecuencia de sus actos o no, nos alegramos. Algunos dicen: «Veamos si así aprende», o «qué bueno que por fin tuvo su merecido». Aunque humanamente creamos que alguien merezca el castigo que está sufriendo, nunca debemos adoptar la actitud de los edomitas, porque Dios es el único justo que puede castigar y condenar.
Somos una familia en Cristo, y apoyarnos en lugar de destruirnos es el camino que abre la misericordia de Dios hacia nosotras. Esa es una gran noticia.
Posdata: Feliz de ayudar a mi hermano
Lecturas Devocionales para Damas 2025
“MÁS FELIZ EN CRISTO»
Por: Sayli Lucía Guardado Chan
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García
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