«Vístanse del Señor Jesucristo y no hagan provisión para satisfacer los malos deseos de la carne».
Romanos 13: 14, RVA15
Para obrar la salvación de los seres humanos, Dios emplea distintos métodos. Les habla por medio de su palabra y de sus ministros y a través del Espíritu Santo les envía mensajes de amonestación, reprensión e instrucción. Estos medios fueron designados para esclarecer el entendimiento del pueblo, para revelarles su deber y sus pecados y las bendiciones que les es posible recibir; para despertar en ellos un sentido de necesidad espiritual de modo que se dirijan a Cristo y encuentren en él la gracia que necesitan.
Todo individuo, por su propia voluntad, o aparta de sí a Jesús al rehusar dar albergue a su Espíritu y seguir su ejemplo, o bien establece un vínculo personal con Cristo por medio de la abnegación, la fe y la obediencia. Debemos, cada cual por sí mismo, escoger a Cristo porque él nos escogió a nosotros primero. Esta unión con Cristo han de formarla aquellos que por naturaleza están en enemistad con él. Es una relación de dependencia total en la que ha de entrar el corazón orgulloso. Esta es una obra incisiva y muchos que profesan ser seguidores de Cristo no saben nada acerca de ella. Aceptan al Salvador de nombre, pero no como el soberano de sus corazones.
El renunciamiento de la voluntad personal, quizás de los objetos predilectos a que están apegados o que persiguen, requiere un esfuerzo definido, frente al cual muchos vacilan, tambalean y se retraen. No obstante, esta batalla tiene que librarla todo corazón que esté verdaderamente convertido. Tenemos que lidiar contra tentaciones por dentro y por fuera. Tenemos que ganar la victoria sobre el yo, crucificar los afectos y concupiscencias; y entonces comienza la unión del alma con Cristo. Después de obrada esta unión, podrá preservarse solo mediante un esfuerzo continuo, serio y ferviente. Cristo ejerce su poder para preservar y proteger este sagrado vínculo, y el pecador dependiente e indefenso ha de hacer su parte con energía incansable, de lo contrario Satanás con su poder cruel y artero lo separará de Cristo.
Nuestra cuna, nuestra reputación, nuestra riqueza, nuestros talentos, nuestras virtudes, nuestra piedad, nuestra filantropía, no podrán establecer un lazo de unión entre nuestra alma y Cristo. Nuestra conexión con la iglesia no nos servirá de nada, a menos que creamos en Cristo. No basta creer acerca de él; hemos de creer en él. Debemos depender enteramente de su gracia salvadora. — Testimonios para la iglesia, t. 5, pp. 44-46.
SOLO POR GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
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