«Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo».
Filipenses 3: 7
Moisés renunció a la perspectiva de ocupar el trono; Pablo, a las ventajas proporcionadas por la riqueza y el honor entre su pueblo, a cambio de una vida llena de responsabilidades en el servicio a Dios. Para muchos, la vida de estos personajes se presenta como una vida de renuncia y sacrificio. ¿Fue realmente así?.
A Moisés le ofrecieron el palacio de los faraones y el trono del monarca, pero en aquella corte real se practicaban los placeres pecaminosos que hacen que uno se olvide de Dios; y Moisés escogió antes <<los bienes permanentes y la justicia» (Prov. 8: 18). En vez de aferrarse a la grandeza de Egipto, prefirió dedicar su vida a lo que el Señor tenía para él propuesto. En lugar de dictar leyes para Egipto, dictó leyes al mundo; bajo la dirección divina. Llegó a ser instrumento de Dios para impartir a toda la humanidad los principios que constituyen la salvaguardia, tanto del hogar como de la sociedad, que son la piedra angular de la prosperidad de las naciones, principios reconocidos hoy día por los grandes próceres de las naciones como fundamento de todo lo bueno que existe en los gobiemos humanos.
La grandeza de Egipto yace en el polvo. Su poder y civilización han pasado. Pero la obra de Moisés jamás va a perecer. Los grandes principios de justicia para cuya instauración él vivió, son eternos.
Al lado de Cristo en la peregrinación por el desierto, con Cristo en el monte de la transfiguración, con Cristo en las cortes celestiales, Moisés llevó una vida que en la tierra bendecía y recibía bendición, y que en el cielo fue honrada.
También Pablo, en sus múltiples tareas, fue sostenido por el poder sustentador de la presencia de Cristo. «Todo lo puedo —dijo él— en Cristo que me fortalece» (Fil. 4: 13).
¿Quién puede calcular los resultados que tuvo para el mundo la obra de Pablo? De todo lo que pueda aliviar el sufrimiento, consolar la tristeza, refrenar el mal, elevar la vida por encima del egoísmo y la sensualidad, de tal modo que nos gloriemos en la esperanza de la inmortalidad, ¡Cuánto se debe a las labores de Pablo y sus colaboradores cuando, con el evangelio del Hijo de Dios, hicieron su imprevisto viaje de Asia a las costas de Europa!
¿Cuánto vale para una persona el haber sido instrumento de Dios para poner en movimiento tan grandes influencias beneficiosas? ¿Cuánto valdrá en la eternidad poder ver los resultados de una obra de tanta trascendencia?— La educación, cap. 7, pp. 62, 63.
SOLO POR GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
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