«El que sacie a otros será también saciado».
Proverbios 11: 25
Cristo nos concede el agua de la vida a los que estamos sedientos, para que la bebamos gratuitamente; cuando lo hacemos, tenemos a Cristo dentro de nosotros como una fuente de agua que brota para vida eterna. Entonces nuestras palabras rebosarán de frescura. Entonces estaremos preparados para dar de beber a otros.— Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 58.
Tan pronto como uno acude a Cristo nace en su corazón un vivo deseo de dar a conocer a los demás cuán precioso amigo ha encontrado en el Señor Jesús. La verdad salvadora y santificadora no puede permanecer confinada en el corazón. Si estamos revestidos de la justicia de Cristo y rebosamos de gozo por la presencia de su Espíritu, no podremos quedamos callados. Si hemos probado y visto que el Señor es bueno, tendremos algo que decir a los demás. El esfuerzo por hacer bien a los demás redundará en bendiciones para nosotros mismos. Y ese era el propósito de Dios al atribuirnos una parte en el plan de redención.
Si nos esforzáramos como Cristo tenía el propósito que sus discípulos lo hicieran, y así ganaran almas para él, sentiríamos la necesidad de una experiencia más profunda y de un conocimiento más amplio de las realidades celestiales, y tendríamos hambre y sed de justicia. Suplicaríamos a Dios y nuestra fe se fortalecería; nuestra alma bebería en abundancia de la fuente de salvación. La oposición y las pruebas nos llevarían a leer las Escrituras y a orar. Creceríamos en la gracia y en el conocimiento de Cristo y adquiriríamos una rica experiencia.
Toda labor altruista en favor de otros da al carácter profundidad, firmeza y una afabilidad como la de Cristo; y trae paz y gozo a su poseedor. Las aspiraciones se elevan. No hay lugar para la pereza ni el egoísmo. Los que así ejerciten las virtudes cristianas, crecerán y se fortalecerán para servir mejor a Dios. Tendrán claras percepciones espirituales, una fe firme y creciente y aumentará su poder en la oración. El Espíritu de Dios, que mueve el espíritu de ellos, pone en juego las sagradas armonías del alma, en respuesta al toque divino. Quienes así se consagran a un esfuerzo desinteresado por el bien de los demás, están contribuyendo ciertamente a su propia salvación. El único modo de crecer en la gracia consiste en prestar ayuda y apoyo a quienes lo necesiten.
— El camino a Cristo, cap. 9, pp. 115-119.
CRECIENDO EN LA GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
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