El pacto de Dios con Abraham
Abraham dejó su hogar y se fue «sin saber a dónde iba» (Heb. 11: 8). La primera vez que se dio cuenta de que las cosas no iban a suceder como en línea recta fue cuando llegó el hambre, obligándolo a huir a Egipto, donde mintió para protegerse y donde tuvo que ser rescatado por Dios. A pesar de este comienzo poco propicio de su gran aventura, Abraham se levantó y siguió construyendo su vida en torno a una relación con Dios. Con el paso de los años, su fe fue puesta a prueba en repetidas ocasiones. Ni él ni su esposa Sara eran cada día más jóvenes y seguían sin tener hijos a pesar de que Dios había prometido que su familia se convertiría en «una gran nación» (Gén. 12: 2). Ajustarse al calendario de Dios es a menudo más difícil que creer que él es capaz de cumplir sus promesas. Sí, la fe requiere creer, pero también requiere paciencia y entrega.
Después de rescatar a su sobrino Lot de una peligrosa situación en la que se encontraba como rehén, Abraham regresó a casa asaltado por la duda y la ansiedad. Por muy dulce que fuera la victoria, a él le preocupaban las repercusiones de sus actos. Dios se le acercó para calmar sus temores a través de una visión. «No tengas miedo», le dijo el Señor, «porque yo soy tu protector. Tu recompensa va a ser muy grande» (Gén. 15: 1). A pesar de esta seguridad, Abraham seguía preguntándose por qué Dios no le había dado un hijo. «Señor y Dios, ¿de qué me sirve que me des recompensa, si tú bien sabes que no tengo hijos?» le preguntó (v. 2). Esta era una petición de pruebas tangibles de que la promesa era cierta. Dios le aseguró a Abraham que tendría un hijo. A pesar de que nada parecía apuntar a eso, «Abraham creyó al Señor, y por eso el Señor lo aceptó como justo» (v. 6). Abraham ejerció su fe «plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete» (Rom. 4: 20-22). Era así de sencillo, pero también así de desafiante.
Entonces, bajo un cielo tachonado de estrellas, Dios estableció su pacto con Abraham mediante una ceremonia solemne (ver Gén. 15: 9-21). Mientras que hoy en día, en muchas culturas, los acuerdos legales se formalizan estampando las firmas de las partes en contratos escritos, las antiguas culturas mediterráneas solían formalizar los pactos y tratados con la sangre de un sacrificio. El cadáver del animal era un símbolo apropiado de lo que podría suceder a cualquiera de las partes si no cumplía sus responsabilidades del pacto. Esta ceremonia sacrificial era la promesa de Dios de que no olvidaría ni descuidaría ninguna de las promesas que le había hecho a Abraham. Dios le aseguró que el número de sus descendientes sería tan incontable como las estrellas de la noche y que a estos les daría tierras desde el río Éufrates hasta el Mediterráneo (Jos. 1: 4; Gén. 15: 18). Dios llamó a la familia de Abraham a un destino especial y él mismo los plantaría en ese lugar para que fueran una bendición para todo el mundo.
Regresa al pasaje que has escrito o parafraseado. Analízalo directamente y reflexiona sobre su contenido con el máximo detenimiento.
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Memoriza tu versículo favorito de Génesis 15. Escríbelo las veces necesarias a fin de que te ayude a memorizarlo.
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