viernes , 1 mayo 2026
Lección de Univversitarios 2025

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La gloria del templo

«Más allá del segundo velo estaba la santa Shekina, la manifestación visible de la gloria de Dios, ante la cual solo el sumo sacerdote podía entrar y sobrevivir.

»El esplendor incomparable del tabernáculo terrenal reflejaba a la vista humana la gloria de aquel templo celestial donde Cristo nuestro precursor ministra por nosotros ante el trono de Dios. La morada del Rey de reyes, donde miles y miles ministran delante de él, y millones de millones están en su presencia (Daniel 7: 10); ese templo, lleno de la gloria del trono eterno, donde los serafines, sus flamantes guardianes, cubren sus rostros en adoración, no podía encontrar en la más grandiosa construcción que jamás edificaran manos humanas, más que un pálido reflejo de su inmensidad y de su gloria».— Elena G. de White, El conflicto de los siglos, cap. 24, pp. 409-410

«Durante varios siglos los judíos se habían esforzado para probar cómo y dónde se había cumplido la promesa que Dios había dado por Hageo. Pero el orgullo y la incredulidad habían cegado su mente de tal modo que no comprendían el verdadero significado de las palabras del profeta. Al segundo templo no le fue conferido el honor de ser cubierto con la nube de la gloria de Jehová, pero sí fue honrado con la presencia de Uno en quien habitaba corporalmente la plenitud de la Divinidad, de Uno que era Dios mismo manifestado en carne. Cuando el Nazareno enseñó y realizó curaciones en los atrios sagrados se cumplió la profecía gloriosa: él era el “Deseado de todas las naciones” que entraba en su templo. Por la presencia de Cristo, y solo por ella, la gloria del segundo templo superó la del primero; pero Israel tuvo en poco al anunciado don del cielo; y con el humilde Maestro que salió aquel día por la puerta de oro, la gloria había abandonado el templo para siempre. Así se cumplieron las palabras del Señor, que dijo: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta” (Mateo 23: 38)».— Ibid., cap. 1, p. 24

«La presencia visible de Dios se había apartado del santuario, mas en el niño de Belén estaba velada la gloria ante la cual los ángeles se postran. Este niño inconsciente era la Simiente prometida, señalada por el primer altar erigido ante la puerta del Edén. Era Shiloh, el pacificador. Era aquel que se presentara a Moisés como el “Yo soy”. Era aquel que, en la columna de nube y de fuego, había guiado a Israel. Era aquel, que de antiguo predijeran los videntes. Era el Deseado de todas las gentes, la raíz, la posteridad de David, la brillante estrella de la mañana. El nombre de aquel niñito impotente, inscrito en el registro de Israel como hermano nuestro, era la esperanza de la humanidad caída. El niño por quien se pagara el rescate era aquel que había de pagar la redención de los pecados del mundo entero. Era el verdadero “gran sacerdote sobre la casa de Dios”, la cabeza de “un sacerdocio inmutable”, el intercesor “a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 10: 21; 7: 24; 1: 3)».— Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 5, p. 37

Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2025.
3er trimestre 2025 «EL LIBRO DEL ÉXODO»
Lección # 11  «LA CASA DE DIOS»
Colaboradores: Felipe Torres y Adriana Jiménez

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